Posts tagged ‘Traducción literaria’

El desaparecido ethos del soldado antiguo

Fragmento extraído de Guerra y trementina, novela biográfica de Stefan Hertmans todavía inédita en español. Traducción de Gonzalo Fernández Gómez. Todos los derechos reservados.

Si lo deseas, puedes descargar este fragmento junto con otros del mismo libro en formato PDF, mobi o epub.

Urbain

Hay algo en el desaparecido ethos del soldado antiguo que hoy, en la era del terrorismo y los juegos electrónicos violentos, apenas podemos imaginar. En la concepción de la violencia se produjo un cambio de paradigma. La generación de soldados belgas que se vio arrastrada a las monstruosas fauces de las ametralladoras alemanas durante el primer año de la guerra, había crecido todavía con una elevada moral decimonónica y con un orgullo, un sentido del honor y unos ideales ingenuos. Sus valores castrenses incluían como principales virtudes el coraje, la autodisciplina, la pasión por las marchas, el respeto a la naturaleza y al prójimo, la honestidad, la honra y la disposición a luchar cuerpo a cuerpo. Algunos llevaban encima libros —entre los que también había novelas—, y leían a los demás en voz alta. Muchas veces incluso recitaban poesía, por muy ampulosa que fuera. Piedad, rechazo absoluto de los abusos sexuales, gran moderación con el alcohol, incluso total abstinencia: un militar debía ser un ejemplo para los ciudadanos a los que estaba obligado a proteger.

Todas aquellas antiguas virtudes desaparecieron en el infierno de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde emborrachaban a los soldados de forma deliberada antes de enviarlos a la línea de fuego (uno de los grandes tabúes de los historiadores patrióticos, pero el relato de mi abuelo no deja lugar a la duda); cada vez con más frecuencia, y a medida que se acercaba el final de la guerra prácticamente en todas partes, se celebraban tingeltangels, como los llamaba mi abuelo, saraos clandestinos en los que se animaba a los soldados a saciar su apetito sexual de maneras no siempre igual de delicadas —lo cual, al menos de aquella forma organizada, constituía una auténtica novedad—. La crueldad y las masacres cambiaron para siempre la moral, la mentalidad, las costumbres y la concepción del mundo de esta generación. De los antiguos campos de batalla con olor a praderas pisoteadas, los soldados moribundos que en la hora de su muerte poco menos que hacían un último saludo castrense y las pictóricas escenas militares dieciochescas en paisajes rurales de colinas y arboledas, solo quedaron ruinas mentales ahogadas con gas mostaza y campos cubiertos de extremidades humanas arrancadas de sus cuerpos, restos de un tipo de hombre arcaico literalmente descuartizado.

Los flamencos, de tradición monárquica, volvieron traumatizados a casa. La entrada de Alberto I en Bruselas a finales de 1918 fue acompañada de un desfile militar que a primera vista parecía triunfal; pero muchos soldados, además del alivio que suponía la paz para un país devastado, también sentían en sus corazones el peso del cansancio y el desencanto. Algunos de ellos tenían dificultad para ofrecer la imagen de patriotismo que requería la ocasión. En el cajón del viejo escritorio de mi abuelo encontré una pequeña carpeta con doce postales del fotógrafo bruselense S. Polak. En el sencillo sobre de cartón, con una elegante tipografía, ponía: Cortège historique de la rentrée triomphale du roi Albert et des armées alliées à Bruxelles, le 22 novembre 1918. El patriotismo, sin embargo, ya había adquirido entonces un sabor extraño. Las bombas habían dejado hecha jirones la posibilidad de identificarse con aquel ideal superior; los campos de Flandes oriental quedaron sembrados con los escombros de ideas y romances demasiado ingenuos. En las postales había música “con la división americana”, una imagen de la recepción ofrecida a los “altos dignatarios”, un nutrido grupo de hombres con toga en torno al rey en unas escaleras, una foto del desfile de la artillería americana, la marcha de los carabineros belgas, el desfile con la bandera del Yser, una banda escocesa, una fanfarria francesa, el solemne regreso a Bruselas del heroico alcalde Adolphe Max, el séquito de la familia real y, por último, una foto de una muchedumbre alborotada que se deja llevar por la emoción del momento. Pero en algún sitio había saltado un muelle, algo que sabían muy bien los soldados que miraban en silencio sin participar del fervor popular: la atmósfera de intimidad característica de Europa había quedado profanada para siempre. Lo que se filtraba por las diabólicas brechas que la guerra había abierto en el humanismo era el calor abrasador de un vacío moral, un páramo que a duras penas se dejaba sembrar con nuevos ideales ahora que el hombre descubría hasta qué punto se había dejado engañar por ellos. De los rescoldos nacería una nueva política con mayor poder destructivo, la política de la venganza, el resentimiento, el rencor y el ajuste de cuentas. Pero ya nunca volvería aquel militar que hacía de su forma de marchar una cuestión de honor, que había aprendido el arte del esgrima como si recibiera clases de ballet y que, para colmo del absurdo, poco menos que le hacía una reverencia al enemigo antes de darle el golpe de gracia. En la bahorrina de las trincheras, en las mortíferas nubes de gas mostaza y en las sádicas represalias de los alemanes contra la población indefensa se perdió un pedazo de humanidad ancestral, y cuando a finales de ese mismo siglo un escritor alemán de inequívoca voluntad pacífica observó, durante la guerra de los Balcanes, que si la violencia había alcanzado tales niveles de atrocidad era porque ya no había conciencia del honor en la moral castrense, porque ya no había respeto humano por el enemigo y porque se habían perdido las formas y no quedaba noción alguna de clase en el combate, lo que hizo con ello fue mostrar únicamente una pequeñísima parte de la conciencia de estilo que había desaparecido en Europa. La prensa lo acribilló: dijeron que padecía una forma de nostalgia perniciosa.

Mi abuelo no llegó a perder nunca aquella conmovedora mentalidad arcaica. Estaba demasiado arraigada en él. Pero la repentina desconfianza que apareció en su carácter años más tarde, su manía persecutoria en los años cincuenta y sus ataques de cólera contra nadie en particular y sin motivo aparente —dirigidos tal vez más que nada contra su propia inocencia perdida—, eran para nosotros, que vivíamos con él, testimonios silenciosos, taciturnos y amargos cargados de significado.

Autor: Stefan Hertmans
Traducción: Gonzalo Fernández Gómez

 

07-03-2016 at 20:22 Deja un comentario

El chico que encontró la felicidad

El chico que encontró la felicidadEl chico que encontró la felicidad
Edward van Velden y Anoush Elman
Traducción: Gonzalo Fernández
Gran Angular (Ediciones SM) © 2011

Ya está a la venta mi traducción de De gelukvinder de Edward van de Vendel, publicado en la colección Gran Angular de Ediciones SM con el título de El chico que encontró la felicidad.

Pulsa aquí para leer las primeras páginas.

El chico que encontró la felicidad es un libro que ha dejado una huella muy profunda en mi corazón de lector, pero sobre todo en mi cabeza de traductor. Como sucede con las historias que nos conmueven, me costó mucho trabajo despedirme del protagonista, Hamayun, y de todos los personajes que lo acompañan en su inefable viaje a través de las virtudes y las miserias del ser humano: padar y madar, Faisal, Bashir, el cantante hazara, Sikander, Yuliya, Dupica y tantos otros habitantes entrañables de esta novela que configuran un espectro hipnotizante donde hay sitio para los colores más luminosos y las sombras más lúgubres.

Hamayun, un adolescente afgano de dieciséis años, vive en un centro de refugiados en la ciudad holandesa de Amersfoort. Su profesora de teatro le ofrece el puesto de director de una obra escolar cuyo contenido podrá determinar él mismo. Hamayun acepta entusiasmado pero, después de varias semanas buscando de forma estéril un tema para su obra, la profesora se cansa de esperar y le sugiere que escriba un guion basado en su propia vida. A él, por supuesto, esa idea no le gusta lo más mínimo. ¿A quién le puede interesar su vida?

Entonces comienza un larguísimo flashback que nos lleva al Afganistán de los talibanes, de donde la familia de Hamayun tiene que huir precipitadamente debido a las ideas demasiado liberales de su padre. Atrás quedan su mejor amigo, sus dos abuelas y un hermano demasiado pequeño como para afrontar el peligroso e incierto viaje en el que se ven obligados a embarcarse, sujetos a los caprichos de una siniestra organización de traficantes de personas. A partir de este momento, la novela se convierte en una aventura con destino desconocido que llevará a sus protagonistas por los parajes más inhóspitos de Asia y Europa, hasta dar con sus huesos en Holanda después de muchos meses de privaciones y penurias.

La estancia de la familia en Holanda está marcada por una interminable serie de humillantes e infructuosos trámites burocráticos para legalizar su situación, mientras Hamayun y sus hermanos intentan hacerse un hueco en su nuevo entorno. Así, el protagonista descubrirá poco a poco un nuevo idioma y otras costumbres, hará amistades con chicos y chicas procedentes de todos los rincones del mundo y vivirá sus primeros escarceos amorosos. Pero cada pequeña alegría parece desvanecerse indefectiblemente por la dolorosa incertidumbre que supone no saber nunca si su familia conseguirá regularizar su situación en el país de acogida o si, por el contrario, serán enviados todos de vuelta a Afganistán. En estas circunstancias, y a pesar de poseer la energía propia de un adolescente, Hamayun termina por derrumbarse y acepta la propuesta de su profesora de teatro. Por fin se ha convencido de que la historia de su vida puede servir para abrir los ojos a muchas personas que no saben nada sobre las vejaciones que sufren los refugiados en Europa.

Cuando todo parece ir mejor y Hamayun está en la última fase de preparaciones de la obra de teatro escolar sobre su vida como refugiado, su familia recibe la noticia de que deben abandonar el país. Después de muchos años de lucha, todas las vías para legalizar su situación se han agotado y sus esfuerzos por integrarse en la sociedad holandesa parecen haber sido en vano.

El autor deja el final abierto a la imaginación del lector mediante un ingenioso recurso estilístico con el que ironiza sobre la aleatoriedad del sistema de legalización de refugiados existente en Europa: sus vidas dependen de lo que marquen los dados.

El chico que encontró la felicidad es el drama de una infancia partida en dos, una historia real de supervivencia y lucha por la dignidad humana; una mirada descarnada y enternecedora a la realidad de los refugiados en Europa, el choque cultural y la desorientación en un entorno extraño; un relato en clave cinematográfica cuyo final no depende del protagonista ni de su familia.

Pero esta novela es, sobre todo, un homenaje al valor de la amistad, el amor, la familia y la libertad.

www.gonzalofernandez.es

30-07-2011 at 23:17 1 comentario


Subvenciones para editores