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Una teoría alternativa sobre los jardines de Bomarzo

El siguiente texto es un fragmento de mi epílogo a la primera edición en español de Los jardines de Bomarzo, ensayo en el que Hella S. Haasse analiza cuestiones históricas y artísticas sobre las intrigantes esculturas del famoso parque. Si quieres más información sobre este libro o te gustaría recibir un ejemplar para reseñarlo, no dudes en contactar conmigo.

Los jardines de Bomarzo
Hella S. Haasse (1968)
Primera edición en español © 2016
Traducción de Gonzalo Fernández Gómez
Rey Naranjo Editores
Portada

En todo —o casi todo— lo que escribió Haasse hay un proceso de búsqueda, una investigación de carácter más o menos detectivesco, una historia basada en el análisis de una cantidad abrumadora de datos y documentos entre los que ella traza los vínculos que mejor sirven a su propósito narrativo. Sus personajes siempre tienen algún secreto que desvelar o algún enigma que resolver. En Los jardines de Bomarzo (1968) el personaje es ella misma y el enigma, el significado y la autoría de las famosas esculturas. Cuando se publicó, una parte de la crítica, a falta de una definición mejor, lo calificó de ensayo —un periodista prefirió utilizar el término disertación— y otros hablaron de novela con elementos biográficos. Sin embargo, ninguna de esas caracterizaciones acota de manera exacta un trabajo intrigante que no es ni lo uno ni lo otro, pero tiene algo de ambos géneros. Los jardines de Bomarzo es, ante todo, un texto de carácter intencionadamente laberíntico que admite muchas lecturas. A pesar de su aspecto a primera vista inocente —por su modesta extensión—, estamos ante un libro que, gracias a su impresionante densidad informativa, puede servir tanto de herramienta de consulta y fuente de inspiración para investigadores de diversos campos —arte, literatura, historia— como de guía para el turista que visita el parque con verdadero afán de conocimiento, por no hablar de la cantidad de claves que ofrece a los lectores de novelas históricas situadas en la Europa de los siglos XV y XVI —entre las que es mención obligada La ciudad escarlata, de la propia Hella Haasse— o a los espectadores de las diversas producciones televisivas y cinematográficas sobre el universo de los Borgia, que tanto éxito han tenido en las últimas décadas.

Tras varios siglos de abandono, el sacro bosco, o el parque de los monstruos, como se conoce el jardín de esculturas de Bomarzo, adquirió progresiva notoriedad tras la Segunda Guerra Mundial a raíz, según se suele afirmar, de una visita de Salvador Dalí. Sea como fuere, lo cierto es que desde mediados del siglo anterior son incontables los artistas que han utilizado el parque como fuente de inspiración y los investigadores que se han devanado los sesos sobre el origen y el significado de las esculturas. Los primeros han alumbrado infinidad de obras con referencias directas o indirectas a Bomarzo y los segundos han desarrollado gran cantidad de teorías, pero nadie ha podido demostrar nunca de forma concluyente quién encargó la construcción del parque y cuáles fueron sus motivos, aunque “a falta de pruebas en sentido contrario y dado que parece probable” —según las palabras textuales de Haasse— se suele decir que el autor intelectual de los monstruos fue Pier Francesco Orsini, conocido como Vicino, cuya autobiografía ficticia escribió Manuel Mujica Lainez en la monumental novela Bomarzo. En Los jardines de Bomarzo, Hella Haasse desarrolla una teoría alternativa, sorprendente pero plausible, sobre el papel que desempeñó Vicino Orsini. Según ella, hay razones para pensar que los monstruos ya existían cuando Vicino heredó el castillo de Bomarzo y que él se limitó a añadir al parque los elementos puramente arquitectónicos. Pero entonces, ¿a quién debemos atribuir las esculturas? Haasse fija su atención en un oscuro personaje del clan de los Orsini anterior a Vicino, un tal Orsino Orsini. Este Orsino fue por lo visto un pelele tuerto y especialmente feo a quien casaron con Julia Farnesio, conocida como la Bella, concubina de Alejandro VI, nombre pontificio de Rodrigo Borgia. Este dato es el primero de los tres principales argumentos que esgrime Haasse para sustentar su hipótesis, dado que la mujer de Vicino también se llamaba Julia Farnesio. ¿A cuál de las dos Julias estaba dedicado el templete del parque?

Orco

Ilustración: Juan Manuel Ramírez

Orsino Orsini fue señor de Bassanello, localidad próxima a Bomarzo. Para manejar su voluntad y que siguiera ejerciendo el papel de marido oficial de su amantísima, el papa Borgia le cedió además “tres o cuatro castillos” de la comarca, dato este que sí está documentado. Haasse arguye que uno de esos castillos muy bien pudo haber sido Bomarzo y aporta distintas razones para ello. Este sería el segundo gran argumento en favor de su teoría. Aquel trueque de bienes materiales a cambio de su dignidad habría supuesto, por otra parte, una grave infamia para la estirpe de los Orsini. En Bomarzo, el Vicino Orsini ficticio creado por Manuel Mujica Lainez solo menciona a Orsino para insultarlo y, entre otras lindezas, lo llama “tuerto cornudo” y “magnífico cabrón de nuestra familia”. Hella Haasse también alude a esta cuestión del deshonor como posible motivación de Orsino para crear un parque de esculturas esperpénticas lleno de alusiones oscuras que le permitieran desquitarse, al menos en su fuero interno, de las humillaciones sufridas.

Por último, el tercer pilar argumental sobre el que Haasse apoya su hipótesis, es la celebración del Concilio de Trento durante el periodo de Vicino Orsini como duque de Bomarzo. El concilio supuso una ola de puritanismo, censura y persecuciones del Santo Oficio, motivo más que razonable para suponer que Vicino pudiera haber intentado maquillar el carácter pagano y mitológico de los monstruos añadiendo elementos que dieran dignidad cristiana al parque. Los Orsini, de tradición güelfa, no podían contrariar al Vaticano.

No obstante, Los jardines de Bomarzo no debe leerse como un intento de demostrar cierta teoría sobre el parque y las esculturas. Hella Haasse escribe con la libertad de una novelista, el rigor de una investigadora y la erudición de una historiadora. Todas las ideas que plantea son meras conjeturas —basadas, eso sí, en un análisis concienzudo de los hechos— y al final del libro poco menos que se disculpa por dejarse llevar por su imaginación y buscar formas de rellenar las grandes lagunas existentes entre los pocos datos fehacientes disponibles y las muchas leyendas, mitos y suposiciones que circulan sobre la materia. En su búsqueda, se remonta incluso hasta la prehistoria y trata de establecer vínculos lógicos entre el pasado remoto, el pasado cercano y el presente, abriendo en el proceso tantas puertas y recorriendo tantos caminos que el resultado final es un inmenso laberinto al que se puede entrar por muchos sitios y del que se puede salir por tantos otros. No se trata, por tanto, de encontrar respuestas definitivas —puesto que eso no es posible—, sino de hacer un ejercicio de gimnasia mental del que cada lector sacará distinto provecho según el propósito con el que se acerque al libro.

Gonzalo Fernández Gómez
Bussum, marzo de 2016

17-06-2016 at 19:40 Deja un comentario

Los soldados no lloran

Los soldados no lloranLos soldados no lloran
Rindert Kromhout
Traducción: Gonzalo Fernández
Ediciones SM (Gran Angular) © 2012

Los soldados no lloran es una novela de ficción inspirada en la vida de Julian y Quentin Bell, sobrinos de Virginia Woolf. A priori, una novela juvenil con el círculo de Bloomsbury como marco histórico podría parecer una idea peregrina. Sin embargo, el resultado es cautivador. Los soldados no lloran es un canto a la libertad, el descubrimiento del amor, el arte, el pacifismo, el respeto y la igualdad. El lector no necesita ningún conocimiento histórico previo para sumergirse en la idílica infancia y adolescencia de los protagonistas y vivir con ellos un proceso de crecimiento durante el cual se verán confrontados con la cruda realidad del lado menos amable de la vida.

En el verano de 1937, Julian Bell se alista en las Brigadas Internacionales para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil española. Los soldados no lloran es un recorrido por los doce años previos a su marcha, vistos desde la perspectiva de Quentin, su hermano pequeño. Los recuerdos del narrador nos llevan al mundo mágico de Charleston, una casa de la campiña inglesa próxima a Londres a la cual se retiran en 1925 Vanessa Bell —la madre de Julian y Quentin— y Duncan Grant, un artista de sexualidad ambigua, para dedicarse a la pintura lejos de las servidumbres sociales a las que estaban sometidos en la gran ciudad.

Los niños, Quentin, Julian y la hermana pequeña de ambos, Angelica, crecen en un entorno inspirador, rodeados de pintores, escritores y mentes creativas con poco interés por los convencionalismos o las opiniones de los demás, hombres y mujeres que constituyen una gran familia en la que las relaciones entre los adultos forman geometrías extrañas. La gente del campo, sus nuevos vecinos, los ven como gente rara, pero ellos están demasiado absortos en sus ocupaciones como para otorgarle ninguna importancia a lo que piensen de ellos. En un intento de acercarse a los paisanos del lugar, los habitantes de Charleston ofrecen una fiesta como las que acostumbraban a dar en Londres. Pero sus extravagancias no encuentran eco en su nuevo entorno. Más tarde, hacia el final del libro, el párroco comparará a los artistas llegados de la ciudad con robles plantados en un huerto donde antes no había más que manzanos.

Quentin desarrolla pronto una gran pasión por la literatura, mientras que Julian, con el paso de los años, se muestra cada vez más interesado por la turbulenta situación política de Europa en el período de entreguerras, y comienza a flirtear con el comunismo. Como telón de fondo vemos el nacimiento de los fascismos europeos, el entusiasmo inicial de los italianos por Mussolini y la llegada al poder de Hitler en Alemania tras las elecciones del 33, los efectos de la gran depresión bursátil del 29 en Nueva York sobre los mercados europeos, las huelgas de mineros ingleses a finales de los años 20 y la progresiva generalización de nuevas tecnologías como la luz eléctrica, el teléfono o la aviación civil. El autor también reserva un protagonismo especial para Pablo Picasso y su obra cumbre: el Guernica.

El padre de Quentin, Clive Bell, vive a caballo entre Londres y Charleston. Cada vez que se aloja con la familia lo hace en compañía de una novia distinta, asunto que todo el mundo acepta con absoluta naturalidad. Clive es, de alguna forma, el encargado de transmitir a sus hijos los valores de la familia de artistas a la que pertenecen. Así, en distintas ocasiones lo veremos relatando historias que convergen en una misma idea: «Nunca aceptéis sin más lo que diga la gente. No adoptéis la opinión de nadie y pensad siempre por vosotros mismos. Y alzad vuestra voz si lo consideráis necesario» (página 86); «No os dejéis llevar por la corriente, chicos. Nunca caigáis en la tentación de hacer las cosas por comodidad. Escuchad lo que os dice vuestro corazón, pensad por vosotros mismos y, si es necesario, luchad por vuestra libertad» (página 210).

Vanessa y Duncan se afanan en el desarrollo de su carrera como pintores y, aunque no tienen aspiraciones comerciales de ningún tipo, sus trabajos acaban encontrando un público voraz gracias a los esfuerzos de una aristócrata excéntrica con contactos en Londres y de David, uno de los novios de Duncan, el cual monta una tienda en la caseta del jardín de Charleston para vender cualquier cosa que pinten los artistas: vasijas, ceniceros, pañuelos… Sin embargo, la gran ambición de Vanessa y Duncan —pintar frescos al estilo italiano en la sombría iglesia del pueblo— choca una y otra vez con la resistencia del párroco, que rechaza sus ofrecimientos con educación pero con firmeza.

Virginia Woolf, hermana de Vanessa, y su marido, Leonard, viven a poca distancia de Charleston, en Monk’s House, y también hacen grandes progresos en su trabajo, ella como escritora y él como editor. De vez en cuando tenemos el privilegio de leer las observaciones que hace Virginia sobre el libro que está escribiendo su sobrino Quentin, que es el libro que estamos leyendo. Otros visitantes ilustres de Charleston son los tres vértices del triángulo formado por Lytton Strachey —quien incluso se aloja en la casa durante un tiempo para trabajar en un libro sobre personajes históricos ingleses—, Carrington y Ralph Partridge.

Entretanto, Quentin devora los clásicos de Charles Dickens y Julio Verne, Los viajes de Gulliver, Alicia en el país de las maravillas (su libro favorito), Ivanhoe, Moby Dick, Tom Sawyer… y todavía le queda tiempo para cuidar a una cerdita, compartir secretos con su hermano Julian en la cabaña secreta que comparten los dos en un árbol y descubrir el amor.

Todo parece transcurrir por las apacibles aguas de un paisaje idílico en el que nada malo puede suceder. Los visitantes de Charleston son libres, que no libertinos, creativos, trabajadores, cariñosos, pioneros del feminismo, pacifistas, viven entregados al deleite del arte, el teatro, las conversaciones elevadas sobre la belleza y ni siquiera la procelosa situación política que atraviesa Europa es capaz de desequilibrarlos, pues ellos son humanistas y no se casan con nadie: «No creemos en países ni gobiernos, creemos en las personas (…) sin importarnos dónde viven ni de dónde vienen» (página 146).

Pero entonces sale a la luz una mentira que echa por tierra esa apariencia de perfección, pues resulta —¡quién lo iba a decir!— que los fabulosos hombres y mujeres de Charleston han traicionado sus ideales. Julian enfurece hasta el punto de retirarle la palabra a su madre durante varios meses. Y cuando vuelve a hablar con ella lo hace con frialdad y distanciamiento. Poco después comunicará a la familia que se va a España a luchar contra el fascismo, y nadie podrá hacer que cambie de idea. El destino se encargará de todo lo demás.

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12-12-2012 at 16:53 Deja un comentario

El chico que encontró la felicidad

El chico que encontró la felicidadEl chico que encontró la felicidad
Edward van Velden y Anoush Elman
Traducción: Gonzalo Fernández
Gran Angular (Ediciones SM) © 2011

Ya está a la venta mi traducción de De gelukvinder de Edward van de Vendel, publicado en la colección Gran Angular de Ediciones SM con el título de El chico que encontró la felicidad.

Pulsa aquí para leer las primeras páginas.

El chico que encontró la felicidad es un libro que ha dejado una huella muy profunda en mi corazón de lector, pero sobre todo en mi cabeza de traductor. Como sucede con las historias que nos conmueven, me costó mucho trabajo despedirme del protagonista, Hamayun, y de todos los personajes que lo acompañan en su inefable viaje a través de las virtudes y las miserias del ser humano: padar y madar, Faisal, Bashir, el cantante hazara, Sikander, Yuliya, Dupica y tantos otros habitantes entrañables de esta novela que configuran un espectro hipnotizante donde hay sitio para los colores más luminosos y las sombras más lúgubres.

Hamayun, un adolescente afgano de dieciséis años, vive en un centro de refugiados en la ciudad holandesa de Amersfoort. Su profesora de teatro le ofrece el puesto de director de una obra escolar cuyo contenido podrá determinar él mismo. Hamayun acepta entusiasmado pero, después de varias semanas buscando de forma estéril un tema para su obra, la profesora se cansa de esperar y le sugiere que escriba un guion basado en su propia vida. A él, por supuesto, esa idea no le gusta lo más mínimo. ¿A quién le puede interesar su vida?

Entonces comienza un larguísimo flashback que nos lleva al Afganistán de los talibanes, de donde la familia de Hamayun tiene que huir precipitadamente debido a las ideas demasiado liberales de su padre. Atrás quedan su mejor amigo, sus dos abuelas y un hermano demasiado pequeño como para afrontar el peligroso e incierto viaje en el que se ven obligados a embarcarse, sujetos a los caprichos de una siniestra organización de traficantes de personas. A partir de este momento, la novela se convierte en una aventura con destino desconocido que llevará a sus protagonistas por los parajes más inhóspitos de Asia y Europa, hasta dar con sus huesos en Holanda después de muchos meses de privaciones y penurias.

La estancia de la familia en Holanda está marcada por una interminable serie de humillantes e infructuosos trámites burocráticos para legalizar su situación, mientras Hamayun y sus hermanos intentan hacerse un hueco en su nuevo entorno. Así, el protagonista descubrirá poco a poco un nuevo idioma y otras costumbres, hará amistades con chicos y chicas procedentes de todos los rincones del mundo y vivirá sus primeros escarceos amorosos. Pero cada pequeña alegría parece desvanecerse indefectiblemente por la dolorosa incertidumbre que supone no saber nunca si su familia conseguirá regularizar su situación en el país de acogida o si, por el contrario, serán enviados todos de vuelta a Afganistán. En estas circunstancias, y a pesar de poseer la energía propia de un adolescente, Hamayun termina por derrumbarse y acepta la propuesta de su profesora de teatro. Por fin se ha convencido de que la historia de su vida puede servir para abrir los ojos a muchas personas que no saben nada sobre las vejaciones que sufren los refugiados en Europa.

Cuando todo parece ir mejor y Hamayun está en la última fase de preparaciones de la obra de teatro escolar sobre su vida como refugiado, su familia recibe la noticia de que deben abandonar el país. Después de muchos años de lucha, todas las vías para legalizar su situación se han agotado y sus esfuerzos por integrarse en la sociedad holandesa parecen haber sido en vano.

El autor deja el final abierto a la imaginación del lector mediante un ingenioso recurso estilístico con el que ironiza sobre la aleatoriedad del sistema de legalización de refugiados existente en Europa: sus vidas dependen de lo que marquen los dados.

El chico que encontró la felicidad es el drama de una infancia partida en dos, una historia real de supervivencia y lucha por la dignidad humana; una mirada descarnada y enternecedora a la realidad de los refugiados en Europa, el choque cultural y la desorientación en un entorno extraño; un relato en clave cinematográfica cuyo final no depende del protagonista ni de su familia.

Pero esta novela es, sobre todo, un homenaje al valor de la amistad, el amor, la familia y la libertad.

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30-07-2011 at 23:17 1 comentario

El carácter indomable del espíritu humano

Dorsvloer vol confettiDorsvloer vol confetti
Tierra árida cubierta de confeti
Franca Treur
Editorial Prometheus © 2009

Franca Treur es sin lugar a dudas la debutante más aclamada del último año en las letras neerlandesas. Su primera novela, Dorsvloer vol confetti (que se podría traducir como Tierra árida cubierta de confeti), acaba de recibir el premio anual al mejor debut que otorga la cadena de librerías Selexyz y está nominada para algunos de los galardones más prestigiosos que todavía están por entregarse antes de que acabe el año.

El libro consiste en una serie de escenas, en el sentido más cinematográfico de la palabra, a través de las cuales Franca nos permite mirar tras las cortinas de una granja holandesa regentada por una familia perteneciente a la tradición calvinista más ortodoxa.

La historia transcurre en los años ochenta, la era de la cuota lechera y las tasas suplementarias. Son los años de las discotecas, el house y el éxtasis, pero también —al menos en los círculos calvinistas— del estudio de la Biblia, las congregaciones eclesiásticas y la austeridad catártica.

Katelijne, la protagonista, es una niña curiosa de doce años que crece entre seis hermanos. En la granja no se ve la televisión, la radio sólo está permitida para oír las noticias y en la nevera no hay refrescos, pero sí mucha leche. La playa, dicen los padres, es un lugar de ocio vano donde a nadie se le ha perdido nada, y una visita sin permiso a la feria del pueblo es motivo suficiente para imponer un duro castigo.

¿Qué clase de libro es este? La religiosidad exacerbada de la familia es un dato que, a priori, podría echar para atrás a más de uno. Sin embargo, Dorsvloer vol confetti es un libro optimista de lectura ligera. La autora quita peso a la carga que supone la omnipresencia de Dios en la comunidad y nos ofrece una perspectiva liviana y amable de la vida en la Holanda rural.

“El padre” y “la madre”, tal y como se alude a los padres de Katelijne a lo largo de toda la obra, son estrictos y represivos, pero no llegan a ser tan miserables que despierten el odio del lector. El padre gasta una broma de vez en cuando y la madre hace la vista gorda en más de una ocasión. Además, los dos reaccionan de forma muy indulgente cuando uno de los hijos comete un pecado que le obliga a casarse a los dieciséis años. La escena de la boda, que constituye el clímax dramático de la novela, se celebra sobre tierra árida cubierta de confeti. De ahí el título.

Los personajes oscilan constantemente entre el Señor y sus pequeñas debilidades, vicios o manías. La madre se entrega con pasión a su vocación de cuidadora de flores, el padre disfruta de sus cervezas y los hermanos, por la noche, no siempre tienen las manos encima de las sábanas. Katelijne, por su parte, también se deja llevar por sus fantasías. Y aunque Dios le prohibe mentir, su afición por embelesar a los demás con sus historias es muchas veces más fuerte que su conciencia religiosa. Y esa es la forma de Franca Treur de decir que el espíritu humano nunca se llega a dejar domar del todo, ni siquiera bajo el yugo de una doctrina ortodoxa.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


28-09-2010 at 17:28 Deja un comentario

El garaje de Platón

De bewakerDe bewaker
El vigilante
Peter Terrin
Editorial Arbeiderspers © 2009

Esto es lo que vamos a hacer: Tú te colocas en el garaje 3, bien visible, y lo apuntas en todo momento, ¿de acuerdo? Cuando se abran las puertas de la furgoneta disponemos de una fracción de segundo. La decisión de disparar la tomamos cada uno de forma independiente. Pero si uno de nosotros abre el fuego, el otro lo apoya de forma incondicional.

No, la escena que abre la nueva novela de Peter Terrin no se desarrolla en un puesto de control en Uruzgán, sino en el garaje subterráneo de un complejo de apartamentos de lujo. Y los dos protagonistas no se preparan para un ataque por sorpresa, sino para recibir al repartidor de su aprovisionamiento semanal. Los dos vigilantes se toman su trabajo muy a pecho, de eso no hay ninguna duda. Mientras uno de ellos limpia su Flock 28, el otro apunta su arma hacia la puerta del garaje, que además es la única entrada al complejo. Una entrada que, según afirma Michel —la voz que narra la historia en primera persona— está construida a prueba de misiles.

Pero, ¿por qué tantas medidas de seguridad? ¿Tanto valor tiene lo que sea que se encuentra dentro del complejo de apartamentos? ¿Tan amenazadora es la situación que se vive en el exterior?

El autor deja estas preguntas en el aire durante mucho tiempo, y los dos vigilantes nunca llegarán a tener respuestas. El garaje subterráneo en el que se encuentran es para ellos una suerte de caverna de Platón, un lugar donde observan sombras sin saber que éstas no son más que un reflejo de la realidad.

Al parecer es una temática recurrente en la obra de Peter Terrin. Sus personajes se enfrentan a un mundo que, por falta de visión de conjunto, no llegan a comprender del todo. Esto provoca miedos que se acaban convirtiendo en paranoia, y para aplacar ese miedo intentan controlar hasta los detalles más nimios de aquella parte del mundo que sí conocen, estableciendo normas, fórmulas y rituales obsesivos.

Pero esas medidas no resultan efectivas contra el miedo, lo cual provoca que los intentos de control exhaustivo del entorno sean cada vez más y más forzados, hasta que las amenazas que solo existen en la cabeza de los vigilantes son mucho más peligrosas de lo que el mundo exterior llegará a ser jamás. El vigilante es más que una historia de ficción. Es un microcosmos formado por dos hombres y una puerta blindada como alegoría de las sociedades occidentales del siglo XXI.

El verdadero protagonista de este libro es el miedo. Michel y Harry, los dos vigilantes, tienen miedo de todo. De la furgoneta de abastecimiento, de los posibles intrusos y de aquello que pueda haber ocurrido en la ciudad y sobre lo cual ellos no saben nada, pues pronto dejarán de recibir información procedente del exterior. Sus fantasmas (¿guerra? ¿catástrofe nuclear? ¿un virus desconocido?) no harán sino crecer, sobre todo en el momento en que todos los habitantes del complejo de apartamentos, excepto uno, abandonan sus casas acompañados por su personal de servicio.

Harry y Michel, sin embargo, deciden seguir cumpliendo de forma escrupulosa con la tarea que se les ha encomendado. No salen al exterior, cuentan todos los días las balas que hay en sus provisiones de munición, viven de pan hecho por ellos mismos y carne enlatada, duermen por turnos de cinco horas y hacen guardia. La misteriosa organización que gestiona el complejo, mientras tanto, no suelta prenda sobre el nuevo vigilante que debe llegar como refuerzo o reemplazo.

Con estos datos, a nadie le sorprenderá que El vigilante sea una novela con una atmósfera asfixiante. Pero el exceso de celo profesional de los dos vigilantes también tiene su lado cómico, y la capacidad de observación de Michel, el narrador, lo condimenta todo con agudos comentarios. Además de crear un mundo de ideas, Peter Terrin también explora con maestría el imperio de los sentidos. En la primera parte del libro encontramos un ejemplo magnífico de ello cuando los vigilantes descubren que entre sus provisiones de la semana hay un tarro de mermelada de fresa. El tarro, fatalmente, cae al suelo y se rompe, y Michel y Harry dan buena cuenta de su contenido, en cuclillas, después de que Harry haya retirado los cristales y los haya chupado uno a uno para no desperdiciar nada. Lo que viene a continuación es una explosión de sabor y una escena de incuestionable carga erótica que admite diversas interpretaciones:

Harry coge un poco de mermelada, con mucho cuidado, y me acerca la cucharilla a los labios, supongo que como compensación por lo que él ya ha disfrutado chupando los cristales. En cuanto la mermelada alcanza mi boca, olvido el peligro de que haya fragmentos de cristal, empujo la lengua contra el paladar y trago con decisión. Anestesiado por una sacudida eléctrica, abro la boca de forma involuntaria. El sabor es tan intenso que debo dejar escapar una parte del mismo; la fresa y el azúcar me hacen jadear como a un perro que libera calor. Una melodía eufórica ya recorre mis venas cuando veo que Harry se sirve a sí mismo y me mira directamente a los ojos. Los dos sabemos lo que siente el otro.

Poco a poco, uno empieza a sospechar que El vigilante también es una novela de amor, un amor ni declarado ni consumado, pero amor a fin de cuentas. Lo que empieza con unas sesiones en las que los dos hombres se recortan la barba mutuamente de forma burda con un pequeño cuchillo desafilado, se va convirtiendo progresivamente en algo más explícito. Harry habla cada vez con mayor frecuencia de sus posibilidades de ser trasladados a un cuerpo de élite, el cual se dedica supuestamente a la vigilancia de fincas con tierras de cultivo y mujeres semidesnudas, y siempre lo hace en términos de «tú y yo». Sus comentarios parecen sugerir que ya no es capaz de imaginar una vida sin Michel.

Esa solidaridad obstinada tiene un efecto aún más conmovedor, si cabe, porque el lector intuye lo inalcanzable que es ese cuerpo de élite, si es que tal cosa existe. Uno llega a querer a los dos personajes como a dos niños que creen con toda convicción en un sueño irreal y absurdo.

Pero todo ello tiene un lado oscuro, el cual se manifiesta cuando el equilibrio natural entre Harry y Michel se ve perturbado, con consecuencias catastróficas. Así, en la fase final de la historia, el libro parece cada vez más un thriller en el que la realidad y la imaginación de los personajes se diluyen hasta formar un universo inquietante en el que todas las piezas encajan a la perfección.

Al final, Terrin completa la analogía con el mito de la caverna de Platón. Porque cuando los habitantes de la cueva salen por fin al exterior para contemplar el sol, la luz los ciega y lo único que quieren es volver al interior; y eso es lo que le pasa a Michel cuando se presenta la oportunidad, por fin, de averiguar qué es lo que está ocurriendo en el exterior.

El vigilante es una novela que deja al lector perplejo por su belleza y su complejidad, tejida sobre la base de un planteamiento radicalmente sencillo.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


07-09-2010 at 13:18 Deja un comentario

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