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Una teoría alternativa sobre los jardines de Bomarzo

El siguiente texto es un fragmento de mi epílogo a la primera edición en español de Los jardines de Bomarzo, ensayo en el que Hella S. Haasse analiza cuestiones históricas y artísticas sobre las intrigantes esculturas del famoso parque. Si quieres más información sobre este libro o te gustaría recibir un ejemplar para reseñarlo, no dudes en contactar conmigo.

Los jardines de Bomarzo
Hella S. Haasse (1968)
Primera edición en español © 2016
Traducción de Gonzalo Fernández Gómez
Rey Naranjo Editores
Portada

En todo —o casi todo— lo que escribió Haasse hay un proceso de búsqueda, una investigación de carácter más o menos detectivesco, una historia basada en el análisis de una cantidad abrumadora de datos y documentos entre los que ella traza los vínculos que mejor sirven a su propósito narrativo. Sus personajes siempre tienen algún secreto que desvelar o algún enigma que resolver. En Los jardines de Bomarzo (1968) el personaje es ella misma y el enigma, el significado y la autoría de las famosas esculturas. Cuando se publicó, una parte de la crítica, a falta de una definición mejor, lo calificó de ensayo —un periodista prefirió utilizar el término disertación— y otros hablaron de novela con elementos biográficos. Sin embargo, ninguna de esas caracterizaciones acota de manera exacta un trabajo intrigante que no es ni lo uno ni lo otro, pero tiene algo de ambos géneros. Los jardines de Bomarzo es, ante todo, un texto de carácter intencionadamente laberíntico que admite muchas lecturas. A pesar de su aspecto a primera vista inocente —por su modesta extensión—, estamos ante un libro que, gracias a su impresionante densidad informativa, puede servir tanto de herramienta de consulta y fuente de inspiración para investigadores de diversos campos —arte, literatura, historia— como de guía para el turista que visita el parque con verdadero afán de conocimiento, por no hablar de la cantidad de claves que ofrece a los lectores de novelas históricas situadas en la Europa de los siglos XV y XVI —entre las que es mención obligada La ciudad escarlata, de la propia Hella Haasse— o a los espectadores de las diversas producciones televisivas y cinematográficas sobre el universo de los Borgia, que tanto éxito han tenido en las últimas décadas.

Tras varios siglos de abandono, el sacro bosco, o el parque de los monstruos, como se conoce el jardín de esculturas de Bomarzo, adquirió progresiva notoriedad tras la Segunda Guerra Mundial a raíz, según se suele afirmar, de una visita de Salvador Dalí. Sea como fuere, lo cierto es que desde mediados del siglo anterior son incontables los artistas que han utilizado el parque como fuente de inspiración y los investigadores que se han devanado los sesos sobre el origen y el significado de las esculturas. Los primeros han alumbrado infinidad de obras con referencias directas o indirectas a Bomarzo y los segundos han desarrollado gran cantidad de teorías, pero nadie ha podido demostrar nunca de forma concluyente quién encargó la construcción del parque y cuáles fueron sus motivos, aunque “a falta de pruebas en sentido contrario y dado que parece probable” —según las palabras textuales de Haasse— se suele decir que el autor intelectual de los monstruos fue Pier Francesco Orsini, conocido como Vicino, cuya autobiografía ficticia escribió Manuel Mujica Lainez en la monumental novela Bomarzo. En Los jardines de Bomarzo, Hella Haasse desarrolla una teoría alternativa, sorprendente pero plausible, sobre el papel que desempeñó Vicino Orsini. Según ella, hay razones para pensar que los monstruos ya existían cuando Vicino heredó el castillo de Bomarzo y que él se limitó a añadir al parque los elementos puramente arquitectónicos. Pero entonces, ¿a quién debemos atribuir las esculturas? Haasse fija su atención en un oscuro personaje del clan de los Orsini anterior a Vicino, un tal Orsino Orsini. Este Orsino fue por lo visto un pelele tuerto y especialmente feo a quien casaron con Julia Farnesio, conocida como la Bella, concubina de Alejandro VI, nombre pontificio de Rodrigo Borgia. Este dato es el primero de los tres principales argumentos que esgrime Haasse para sustentar su hipótesis, dado que la mujer de Vicino también se llamaba Julia Farnesio. ¿A cuál de las dos Julias estaba dedicado el templete del parque?

Orco

Ilustración: Juan Manuel Ramírez

Orsino Orsini fue señor de Bassanello, localidad próxima a Bomarzo. Para manejar su voluntad y que siguiera ejerciendo el papel de marido oficial de su amantísima, el papa Borgia le cedió además “tres o cuatro castillos” de la comarca, dato este que sí está documentado. Haasse arguye que uno de esos castillos muy bien pudo haber sido Bomarzo y aporta distintas razones para ello. Este sería el segundo gran argumento en favor de su teoría. Aquel trueque de bienes materiales a cambio de su dignidad habría supuesto, por otra parte, una grave infamia para la estirpe de los Orsini. En Bomarzo, el Vicino Orsini ficticio creado por Manuel Mujica Lainez solo menciona a Orsino para insultarlo y, entre otras lindezas, lo llama “tuerto cornudo” y “magnífico cabrón de nuestra familia”. Hella Haasse también alude a esta cuestión del deshonor como posible motivación de Orsino para crear un parque de esculturas esperpénticas lleno de alusiones oscuras que le permitieran desquitarse, al menos en su fuero interno, de las humillaciones sufridas.

Por último, el tercer pilar argumental sobre el que Haasse apoya su hipótesis, es la celebración del Concilio de Trento durante el periodo de Vicino Orsini como duque de Bomarzo. El concilio supuso una ola de puritanismo, censura y persecuciones del Santo Oficio, motivo más que razonable para suponer que Vicino pudiera haber intentado maquillar el carácter pagano y mitológico de los monstruos añadiendo elementos que dieran dignidad cristiana al parque. Los Orsini, de tradición güelfa, no podían contrariar al Vaticano.

No obstante, Los jardines de Bomarzo no debe leerse como un intento de demostrar cierta teoría sobre el parque y las esculturas. Hella Haasse escribe con la libertad de una novelista, el rigor de una investigadora y la erudición de una historiadora. Todas las ideas que plantea son meras conjeturas —basadas, eso sí, en un análisis concienzudo de los hechos— y al final del libro poco menos que se disculpa por dejarse llevar por su imaginación y buscar formas de rellenar las grandes lagunas existentes entre los pocos datos fehacientes disponibles y las muchas leyendas, mitos y suposiciones que circulan sobre la materia. En su búsqueda, se remonta incluso hasta la prehistoria y trata de establecer vínculos lógicos entre el pasado remoto, el pasado cercano y el presente, abriendo en el proceso tantas puertas y recorriendo tantos caminos que el resultado final es un inmenso laberinto al que se puede entrar por muchos sitios y del que se puede salir por tantos otros. No se trata, por tanto, de encontrar respuestas definitivas —puesto que eso no es posible—, sino de hacer un ejercicio de gimnasia mental del que cada lector sacará distinto provecho según el propósito con el que se acerque al libro.

Gonzalo Fernández Gómez
Bussum, marzo de 2016

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17-06-2016 at 19:40 Deja un comentario

Los soldados no lloran

Los soldados no lloranLos soldados no lloran
Rindert Kromhout
Traducción: Gonzalo Fernández
Ediciones SM (Gran Angular) © 2012

Los soldados no lloran es una novela de ficción inspirada en la vida de Julian y Quentin Bell, sobrinos de Virginia Woolf. A priori, una novela juvenil con el círculo de Bloomsbury como marco histórico podría parecer una idea peregrina. Sin embargo, el resultado es cautivador. Los soldados no lloran es un canto a la libertad, el descubrimiento del amor, el arte, el pacifismo, el respeto y la igualdad. El lector no necesita ningún conocimiento histórico previo para sumergirse en la idílica infancia y adolescencia de los protagonistas y vivir con ellos un proceso de crecimiento durante el cual se verán confrontados con la cruda realidad del lado menos amable de la vida.

En el verano de 1937, Julian Bell se alista en las Brigadas Internacionales para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil española. Los soldados no lloran es un recorrido por los doce años previos a su marcha, vistos desde la perspectiva de Quentin, su hermano pequeño. Los recuerdos del narrador nos llevan al mundo mágico de Charleston, una casa de la campiña inglesa próxima a Londres a la cual se retiran en 1925 Vanessa Bell —la madre de Julian y Quentin— y Duncan Grant, un artista de sexualidad ambigua, para dedicarse a la pintura lejos de las servidumbres sociales a las que estaban sometidos en la gran ciudad.

Los niños, Quentin, Julian y la hermana pequeña de ambos, Angelica, crecen en un entorno inspirador, rodeados de pintores, escritores y mentes creativas con poco interés por los convencionalismos o las opiniones de los demás, hombres y mujeres que constituyen una gran familia en la que las relaciones entre los adultos forman geometrías extrañas. La gente del campo, sus nuevos vecinos, los ven como gente rara, pero ellos están demasiado absortos en sus ocupaciones como para otorgarle ninguna importancia a lo que piensen de ellos. En un intento de acercarse a los paisanos del lugar, los habitantes de Charleston ofrecen una fiesta como las que acostumbraban a dar en Londres. Pero sus extravagancias no encuentran eco en su nuevo entorno. Más tarde, hacia el final del libro, el párroco comparará a los artistas llegados de la ciudad con robles plantados en un huerto donde antes no había más que manzanos.

Quentin desarrolla pronto una gran pasión por la literatura, mientras que Julian, con el paso de los años, se muestra cada vez más interesado por la turbulenta situación política de Europa en el período de entreguerras, y comienza a flirtear con el comunismo. Como telón de fondo vemos el nacimiento de los fascismos europeos, el entusiasmo inicial de los italianos por Mussolini y la llegada al poder de Hitler en Alemania tras las elecciones del 33, los efectos de la gran depresión bursátil del 29 en Nueva York sobre los mercados europeos, las huelgas de mineros ingleses a finales de los años 20 y la progresiva generalización de nuevas tecnologías como la luz eléctrica, el teléfono o la aviación civil. El autor también reserva un protagonismo especial para Pablo Picasso y su obra cumbre: el Guernica.

El padre de Quentin, Clive Bell, vive a caballo entre Londres y Charleston. Cada vez que se aloja con la familia lo hace en compañía de una novia distinta, asunto que todo el mundo acepta con absoluta naturalidad. Clive es, de alguna forma, el encargado de transmitir a sus hijos los valores de la familia de artistas a la que pertenecen. Así, en distintas ocasiones lo veremos relatando historias que convergen en una misma idea: «Nunca aceptéis sin más lo que diga la gente. No adoptéis la opinión de nadie y pensad siempre por vosotros mismos. Y alzad vuestra voz si lo consideráis necesario» (página 86); «No os dejéis llevar por la corriente, chicos. Nunca caigáis en la tentación de hacer las cosas por comodidad. Escuchad lo que os dice vuestro corazón, pensad por vosotros mismos y, si es necesario, luchad por vuestra libertad» (página 210).

Vanessa y Duncan se afanan en el desarrollo de su carrera como pintores y, aunque no tienen aspiraciones comerciales de ningún tipo, sus trabajos acaban encontrando un público voraz gracias a los esfuerzos de una aristócrata excéntrica con contactos en Londres y de David, uno de los novios de Duncan, el cual monta una tienda en la caseta del jardín de Charleston para vender cualquier cosa que pinten los artistas: vasijas, ceniceros, pañuelos… Sin embargo, la gran ambición de Vanessa y Duncan —pintar frescos al estilo italiano en la sombría iglesia del pueblo— choca una y otra vez con la resistencia del párroco, que rechaza sus ofrecimientos con educación pero con firmeza.

Virginia Woolf, hermana de Vanessa, y su marido, Leonard, viven a poca distancia de Charleston, en Monk’s House, y también hacen grandes progresos en su trabajo, ella como escritora y él como editor. De vez en cuando tenemos el privilegio de leer las observaciones que hace Virginia sobre el libro que está escribiendo su sobrino Quentin, que es el libro que estamos leyendo. Otros visitantes ilustres de Charleston son los tres vértices del triángulo formado por Lytton Strachey —quien incluso se aloja en la casa durante un tiempo para trabajar en un libro sobre personajes históricos ingleses—, Carrington y Ralph Partridge.

Entretanto, Quentin devora los clásicos de Charles Dickens y Julio Verne, Los viajes de Gulliver, Alicia en el país de las maravillas (su libro favorito), Ivanhoe, Moby Dick, Tom Sawyer… y todavía le queda tiempo para cuidar a una cerdita, compartir secretos con su hermano Julian en la cabaña secreta que comparten los dos en un árbol y descubrir el amor.

Todo parece transcurrir por las apacibles aguas de un paisaje idílico en el que nada malo puede suceder. Los visitantes de Charleston son libres, que no libertinos, creativos, trabajadores, cariñosos, pioneros del feminismo, pacifistas, viven entregados al deleite del arte, el teatro, las conversaciones elevadas sobre la belleza y ni siquiera la procelosa situación política que atraviesa Europa es capaz de desequilibrarlos, pues ellos son humanistas y no se casan con nadie: «No creemos en países ni gobiernos, creemos en las personas (…) sin importarnos dónde viven ni de dónde vienen» (página 146).

Pero entonces sale a la luz una mentira que echa por tierra esa apariencia de perfección, pues resulta —¡quién lo iba a decir!— que los fabulosos hombres y mujeres de Charleston han traicionado sus ideales. Julian enfurece hasta el punto de retirarle la palabra a su madre durante varios meses. Y cuando vuelve a hablar con ella lo hace con frialdad y distanciamiento. Poco después comunicará a la familia que se va a España a luchar contra el fascismo, y nadie podrá hacer que cambie de idea. El destino se encargará de todo lo demás.

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12-12-2012 at 16:53 Deja un comentario

Y entonces apareció Sam

Toen kwam SamToen kwam Sam (Entonces apareció Sam)
Edward van de Vendel © 2011
Editorial Querido (www.querido.nl)

Con su anterior novela, El chico que encontró la felicidad, Edward van de Vendel ya hechizó a sus lectores con una historia basada en hechos reales. En Toen kwam Sam (Entonces apareció Sam), Van de Vendel vuelve a recurrir a la realidad, alcanzando de nuevo una gran tensión emocional en una historia que él mismo vivió de cerca durante un verano en Canadá en casa de su hermano.

Kix, un chico de nueve años, y su hermana pequeña, Emilia, quedan deslumbrados por la misteriosa elegancia de un perro blanco que aparece en la granja de sus padres como caído del cielo. El animal es evasivo, asustadizo, está delgado, tiene la mirada triste y el pelaje enredado. Sin embargo, Kix y Emilia consiguen ganarse poco a poco su confianza, aunque no parecen encontrar respuestas a los enigmas que rodean a aquel perro.

Este encantador relato sobre el amor incondicional de un niño por un animal es uno de los mejores libros de la obra de Edward van de Vendel, la cual cuenta ya con más de cincuenta títulos. La voz omnisciente que narra la historia adopta un tono tan sencillo que el relato parece avanzar hacia el desenlace por sí mismo, sin ningún esfuerzo. De esta forma, el escritor queda en un segundo plano, dejando todo el protagonismo para la vida interior de Kix.

Toen kwam Sam es una historia mínima sobre las emociones y las preguntas que despierta en Kix el perro blanco, pero Van de Vendel, con su característica sutileza, consigue que el lector adulto comprenda que los sucesos descritos son cualquier cosa menos algo mínimo en la vida de un niño de nueve años.

Kix y su hermana se quieren quedar con el perro y lo llaman Sam. Los niños no solo adoran al animal, sino que lo tratan como un igual y respetan su voluntad con todas las consecuencias, un hecho emocionante que Van de Vendel sabe dosificar y relativizar sin caer en sensiblerías estilo Disney. En Toen kwam Sam no hay ni un ápice de melaza, gracias a lo cual el relato conserva toda la autenticidad de las historias que nos cuentan los amigos cuando vuelven de sus vacaciones.

El padre de Kix descubre que el perro pertenece en realidad a Cracker, un joven con problemas mentales, hijo de los avinagrados ancianos de la casa de enfrente. Inevitablemente, Sam no tarda en convertirse en el objeto de una acalorada discusión entre vecinos. La temperatura alcanza cotas muy altas durante la larga escena final en la que los protagonistas incluso echan mano de sus rifles, sin que el relato pierda credibilidad por ello.

Toen kwam Sam es un libro muy humano en el que los padres no siempre tienen respuestas y los niños no comprenden por qué los adultos se complican tanto la vida. Y también es un libro en el que las cosas, al igual que en el mundo real, no son nunca blancas o negras, sino que tienen muchos matices. Sam parece apacible, pero también tiene un lado violento; y a pesar de haber recibido malos tratos en el pasado por parte de su antiguo dueño, cuando vuelve a verlo todavía muestra afecto por él. Una aventura, en definitiva, como la vida misma: los malos también tienen corazón y los buenos a veces se equivocan.

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21-02-2012 at 23:54 Deja un comentario

El chico que encontró la felicidad

El chico que encontró la felicidadEl chico que encontró la felicidad
Edward van Velden y Anoush Elman
Traducción: Gonzalo Fernández
Gran Angular (Ediciones SM) © 2011

Ya está a la venta mi traducción de De gelukvinder de Edward van de Vendel, publicado en la colección Gran Angular de Ediciones SM con el título de El chico que encontró la felicidad.

Pulsa aquí para leer las primeras páginas.

El chico que encontró la felicidad es un libro que ha dejado una huella muy profunda en mi corazón de lector, pero sobre todo en mi cabeza de traductor. Como sucede con las historias que nos conmueven, me costó mucho trabajo despedirme del protagonista, Hamayun, y de todos los personajes que lo acompañan en su inefable viaje a través de las virtudes y las miserias del ser humano: padar y madar, Faisal, Bashir, el cantante hazara, Sikander, Yuliya, Dupica y tantos otros habitantes entrañables de esta novela que configuran un espectro hipnotizante donde hay sitio para los colores más luminosos y las sombras más lúgubres.

Hamayun, un adolescente afgano de dieciséis años, vive en un centro de refugiados en la ciudad holandesa de Amersfoort. Su profesora de teatro le ofrece el puesto de director de una obra escolar cuyo contenido podrá determinar él mismo. Hamayun acepta entusiasmado pero, después de varias semanas buscando de forma estéril un tema para su obra, la profesora se cansa de esperar y le sugiere que escriba un guion basado en su propia vida. A él, por supuesto, esa idea no le gusta lo más mínimo. ¿A quién le puede interesar su vida?

Entonces comienza un larguísimo flashback que nos lleva al Afganistán de los talibanes, de donde la familia de Hamayun tiene que huir precipitadamente debido a las ideas demasiado liberales de su padre. Atrás quedan su mejor amigo, sus dos abuelas y un hermano demasiado pequeño como para afrontar el peligroso e incierto viaje en el que se ven obligados a embarcarse, sujetos a los caprichos de una siniestra organización de traficantes de personas. A partir de este momento, la novela se convierte en una aventura con destino desconocido que llevará a sus protagonistas por los parajes más inhóspitos de Asia y Europa, hasta dar con sus huesos en Holanda después de muchos meses de privaciones y penurias.

La estancia de la familia en Holanda está marcada por una interminable serie de humillantes e infructuosos trámites burocráticos para legalizar su situación, mientras Hamayun y sus hermanos intentan hacerse un hueco en su nuevo entorno. Así, el protagonista descubrirá poco a poco un nuevo idioma y otras costumbres, hará amistades con chicos y chicas procedentes de todos los rincones del mundo y vivirá sus primeros escarceos amorosos. Pero cada pequeña alegría parece desvanecerse indefectiblemente por la dolorosa incertidumbre que supone no saber nunca si su familia conseguirá regularizar su situación en el país de acogida o si, por el contrario, serán enviados todos de vuelta a Afganistán. En estas circunstancias, y a pesar de poseer la energía propia de un adolescente, Hamayun termina por derrumbarse y acepta la propuesta de su profesora de teatro. Por fin se ha convencido de que la historia de su vida puede servir para abrir los ojos a muchas personas que no saben nada sobre las vejaciones que sufren los refugiados en Europa.

Cuando todo parece ir mejor y Hamayun está en la última fase de preparaciones de la obra de teatro escolar sobre su vida como refugiado, su familia recibe la noticia de que deben abandonar el país. Después de muchos años de lucha, todas las vías para legalizar su situación se han agotado y sus esfuerzos por integrarse en la sociedad holandesa parecen haber sido en vano.

El autor deja el final abierto a la imaginación del lector mediante un ingenioso recurso estilístico con el que ironiza sobre la aleatoriedad del sistema de legalización de refugiados existente en Europa: sus vidas dependen de lo que marquen los dados.

El chico que encontró la felicidad es el drama de una infancia partida en dos, una historia real de supervivencia y lucha por la dignidad humana; una mirada descarnada y enternecedora a la realidad de los refugiados en Europa, el choque cultural y la desorientación en un entorno extraño; un relato en clave cinematográfica cuyo final no depende del protagonista ni de su familia.

Pero esta novela es, sobre todo, un homenaje al valor de la amistad, el amor, la familia y la libertad.

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30-07-2011 at 23:17 1 comentario

Siete cuentos de Dimitri Verhulst

De zeven laatste zinnenDimitri Verhulst - De zeven laatste zinnen
Las siete últimas frases
Dimitri Verhulst
Editorial Contact © 2010

Pulsa aquí para descargar un cuento íntegro de este libro traducido al español.

Las siete últimas frases es un libro pequeño pero importante. Un libro que, al igual que la obra en la que está inspirado, tiene su origen en una petición expresa al autor.

En 1786, la hermandad de la Santa Cueva de Cádiz encargó al austriaco Joseph Haydn una composición orquestal dedicada a las siete últimas palabras (frases) de Jesucristo en la cruz. En 2009, con motivo del año Haydn, el cuarteto de cuerda belga Ensor le pidió a Dimitri Verhulst, a su vez, que escribiera un cuento dedicado a cada una de aquellas palabras desde la cotidianeidad contemporánea, liberándolas así de su carga religiosa. El resultado es un libro único, un verdadero tesoro en el que los siete relatos de Verhulst van acompañados de un CD en el que se incluyen las siete piezas de Haydn interpretadas por el cuarteto de cuerda Ensor.

Dimitri Verhulst demuestra que, en las distancias cortas, su pluma goza de la misma agudeza, precisión y sensibilidad que en sus novelas. Vuelven a surgir algunos de sus temas, el amor, la perplejidad, la inmigración o la muerte. En el cuento titulado Todo está consumado, según la tradición cristiana la penúltima frase pronunciada por Jesucristo, Verhulst hace, en poco más de mil palabras, un emocionante recorrido por la insignificante vida de un hombre (“una miga en el cosmos”) con la misma técnica narrativa que utilizó en Godverdomse dagen para resumir de forma vertiginosa, en menos de doscientas páginas, la historia de la humanidad: una suerte de impresionismo literario mediante el cual surgen bellísimos paisajes de luces y sombras con pocas pinceladas pero muy certeras, sugiriendo por omisión mucho más de lo que el ojo percibe a simple vista.

En Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? vuelve a aparecer la figura del padre alcohólico como protagonista en un relato crudo, conmovedor y cómico a partes iguales. Pero lo mejor es que cada uno juzgue por sí mismo, de modo que aquí dejo una versión íntegra de este cuento, representativo del contenido y el tono de un libro que es un auténtico regalo para lectores ávidos de nuevos horizontes:

Pulsa aquí para descargar la versión íntegra en español del cuento Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?, escrito por Dimitri Verhulst y traducido por Gonzalo Fernández.


10-10-2010 at 21:36 1 comentario

El carácter indomable del espíritu humano

Dorsvloer vol confettiDorsvloer vol confetti
Tierra árida cubierta de confeti
Franca Treur
Editorial Prometheus © 2009

Franca Treur es sin lugar a dudas la debutante más aclamada del último año en las letras neerlandesas. Su primera novela, Dorsvloer vol confetti (que se podría traducir como Tierra árida cubierta de confeti), acaba de recibir el premio anual al mejor debut que otorga la cadena de librerías Selexyz y está nominada para algunos de los galardones más prestigiosos que todavía están por entregarse antes de que acabe el año.

El libro consiste en una serie de escenas, en el sentido más cinematográfico de la palabra, a través de las cuales Franca nos permite mirar tras las cortinas de una granja holandesa regentada por una familia perteneciente a la tradición calvinista más ortodoxa.

La historia transcurre en los años ochenta, la era de la cuota lechera y las tasas suplementarias. Son los años de las discotecas, el house y el éxtasis, pero también —al menos en los círculos calvinistas— del estudio de la Biblia, las congregaciones eclesiásticas y la austeridad catártica.

Katelijne, la protagonista, es una niña curiosa de doce años que crece entre seis hermanos. En la granja no se ve la televisión, la radio sólo está permitida para oír las noticias y en la nevera no hay refrescos, pero sí mucha leche. La playa, dicen los padres, es un lugar de ocio vano donde a nadie se le ha perdido nada, y una visita sin permiso a la feria del pueblo es motivo suficiente para imponer un duro castigo.

¿Qué clase de libro es este? La religiosidad exacerbada de la familia es un dato que, a priori, podría echar para atrás a más de uno. Sin embargo, Dorsvloer vol confetti es un libro optimista de lectura ligera. La autora quita peso a la carga que supone la omnipresencia de Dios en la comunidad y nos ofrece una perspectiva liviana y amable de la vida en la Holanda rural.

“El padre” y “la madre”, tal y como se alude a los padres de Katelijne a lo largo de toda la obra, son estrictos y represivos, pero no llegan a ser tan miserables que despierten el odio del lector. El padre gasta una broma de vez en cuando y la madre hace la vista gorda en más de una ocasión. Además, los dos reaccionan de forma muy indulgente cuando uno de los hijos comete un pecado que le obliga a casarse a los dieciséis años. La escena de la boda, que constituye el clímax dramático de la novela, se celebra sobre tierra árida cubierta de confeti. De ahí el título.

Los personajes oscilan constantemente entre el Señor y sus pequeñas debilidades, vicios o manías. La madre se entrega con pasión a su vocación de cuidadora de flores, el padre disfruta de sus cervezas y los hermanos, por la noche, no siempre tienen las manos encima de las sábanas. Katelijne, por su parte, también se deja llevar por sus fantasías. Y aunque Dios le prohibe mentir, su afición por embelesar a los demás con sus historias es muchas veces más fuerte que su conciencia religiosa. Y esa es la forma de Franca Treur de decir que el espíritu humano nunca se llega a dejar domar del todo, ni siquiera bajo el yugo de una doctrina ortodoxa.

Gonzalo Fernández
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28-09-2010 at 17:28 Deja un comentario

La importancia de saber caer

VaslavVaslav
(Vaslav)
Arthur Japin
Editorial Arbeiderspers © 2010

De la misma forma que hizo con Giacomo Casanova en Een schitterend gebrek, Arthur Japin vuelve a situar a un personaje histórico en el epicentro de su nueva novela. La vida profesional del legendario bailarín Vaslav Nijinsky concluyó de forma abrupta el 19 de enero de 1919, cuando, a los 29 años de edad, interrumpió una gala benéfica con las palabras: «El caballito ya está cansado». Durante los treinta y un años que le restaban de vida Vaslav no volvería a bailar. Desde aquel momento se sumergió en las profundidades de la locura y fue perdiendo contacto con el mundo que le rodeaba de forma progresiva.

Gracias a las memorias de Romola, su mujer, a los diarios del propio bailarín y a una serie de biografías, tanto el inmenso talento como el proceso de deterioro de la salud mental de Nijinsky están ampliamente documentados. En el epílogo, Arthur Japin menciona quince títulos, una mina de oro para un novelista con verdadera pasión por explorar vidas que se desarrollan en las regiones más periféricas del canon social.

El libro narra la historia de las tres personas más próximas al bailarín y la forma particular que cada uno tenía de amarle. Su representante, Sergéi Diágilev, su mujer Romola de Pulszky y Peter, un sirviente que poco a poco irá asumiendo las funciones de cuidador personal —y tal vez de amante. Pero ninguno de ellos parece poder empatizar con el amor de los otros y entre los tres se existe un clima de animadversión mutua que genera la tensión dramática necesaria.

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Nijinsky era la gran estrella de Los Ballets Rusos. La compañía de Diágilev impulsó una revolución en el mundo de la danza gracias a la música y los decorados de artistas de vanguardia como Ígor Stravinsky y Pablo Picasso. El escándalo de Le Sacre du Printemps en 1913, una coreografía concebida por Nijinsky en la que él mismo interpretaba el papel protagonista, se sigue considerando un punto álgido en la historia del arte moderno.

Aquel mismo año se produjo la ruptura definitiva entre Diágilev y Nijinsky, cuya relación transcurría por aguas procelosas. Durante un viaje a Argentina, en el que no se embarcó el representante por su miedo congénito al mar, Nijinsky se dejó seducir por la bailarina húngara Romola de Pulszky, hasta tal punto que antes de llegar a Buenos Aires contrajeron matrimonio a bordo del barco. Tan pronto como Diágilev recibió la noticia, envió un telegrama a Nijinsky en el que le comunicaba el cese inmediato de sus servicios como representante.

No es extraño que Arthur Japin se haya sentido atraído por una historia tan dramática, la cual le permite seguir explorando el significado del amor como razón última de todas nuestras decisiones importantes, el gran tema de su obra. El amor como factor decisivo que se puede manifestar de infinitas formas distintas, y que por eso a veces es tan difícil de comprender para los demás.

El día en que Nijinsky da sus últimos pasos sobre un escenario se desarrolla en medio de un gran caos. Japin nos muestra los eventos desde los tres puntos de vista correspondientes a cada uno de los personajes, todos ellos al borde de un ataque de nervios agudizado por la imposibilidad de aproximarse, en sentido literal y figurado, al gran bailarín.

Diágilev reaparece después de varios años precisamente el día del clímax dramático en la vida de Nijinsky, y esto permite a Japin relatar con detalle los años de gloria del bailarín, cuando deleitaba al público con los elegantes movimientos de su cuerpo y, sobre todo, con aquellos saltos que ponían en entredicho las leyes físicas descritas por Newton. El cinismo de Diágilev proporciona observaciones muy agudas y pasajes tan emocionantes como divertidos.

Con esta novela, Arthur Japin ha sabido tejer una ingeniosa historia sobre la base de unos cuantos datos biográficos, creando un universo a medio camino entre la novela histórica, la biografía y la ficción.

En todo el libro, Nijinsky realiza su famoso salto en una única ocasión. Y lo hace al aire libre, en el campo, en una función privada para su hija y su ayudante, Peter. «Yo no llamaría flotar a lo que hizo, sino navegar por el aire, el torso al frente cual mascarón de proa, la cabeza en alto, la mirada en las nubes. Y cuando alcanzó el punto más alto pareció dudar, (…) como si sopesara qué hacer, dejarse caer o seguir ascendiendo». Más adelante, es el propio Nijinsky quien resume su drama personal en una sola frase: «Lo difícil es volver a bajar».

Que todo lo que sube baja es una verdad por todos conocida. Arthur Japin va mucho más allá y nos ofrece un marco inmejorable para reflexionar sobre la importancia de saber bajar. O caer.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


12-09-2010 at 18:18 Deja un comentario

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