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Guerra y trementina

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Oorlog en terpentijnGuerra y trementina es la historia de un pequeño héroe anónimo, Urbain, nacido en Gante a finales del siglo XIX bajo las chimeneas de la segunda revolución industrial, hijo de un pintor de frescos religiosos y una mujer que renunció a privilegios de clase para casarse con el hombre de su vida. A los trece años, Urbain entra a trabajar en una herrería y a los diecisiete inicia la academia militar. Su sueño de una vida como artista del pincel se ve truncado por la Gran Guerra. El destino lo llevará a vivir en carne propia las principales batallas que tuvieron lugar en Bélgica durante aquel conflicto armado tan determinante para el curso de la historia.

Pocos meses antes de morir, Urbain, que dedicó los últimos años de su vida a poner por escrito los avatares de su azarosa existencia, le entrega a su nieto una serie de cuadernos y le pide que los lea cuando tenga tiempo. Ese nieto es Stefan Hertmans, que por entonces inicia una brillante carrera de escritor. Treinta años más tarde, Hertmans encuentra por fin las fuerzas y el tiempo para enfrentarse a la biografía de su abuelo y descubre un tesoro de valor incalculable, una narración que refleja la historia del viejo continente desde la perspectiva de un hombre común y, por ello, representante del espíritu colectivo en una era que supuso un punto de inflexión en la mentalidad de los europeos.

Guerra y trementina guarda el punto medio entre una novela biográfica y un ensayo de investigación periodística al estilo de ciertos trabajos de Javier Cercas o W.G. Sebald. La narración está dividida en tres grandes bloques. En el primero, el autor cuenta la vida de su abuelo desde su perspectiva personal de nieto y escritor, y levanta una esquina del velo tras el que los autores realizan su labor de prospección y documentación para la composición de un libro de estas características. En el segundo bloque vivimos la guerra de la mano del protagonista, que pasa ahora a ser el narrador. Hertmans le da forma literaria a los cuadernos que le dejó su abuelo antes de morir, con un respeto riguroso al contenido, mostrando en algún caso de forma explícita la literalidad de la prosa ingenua y desprovista de pretensiones literarias de Urbain. En el tercer bloque, por último, el autor vuelve a retomar las riendas del relato para reflexionar sobre diversas cuestiones relativas a la guerra en general y a la Primera Guerra Mundial en particular, y ata los cabos que habían quedado sueltos en el relato biográfico de su abuelo.

Guerra y trementina es un libro con gran valor histórico y mucho material para la reflexión que además narra una vida real pero muy novelesca con todos sus ingredientes de ternura, miedo, deseo, vergüenza, coraje, asco y resignación.

07-03-2016 at 20:53 Deja un comentario

El desaparecido ethos del soldado antiguo

Fragmento extraído de Guerra y trementina, novela biográfica de Stefan Hertmans todavía inédita en español. Traducción de Gonzalo Fernández Gómez. Todos los derechos reservados.

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Urbain

Hay algo en el desaparecido ethos del soldado antiguo que hoy, en la era del terrorismo y los juegos electrónicos violentos, apenas podemos imaginar. En la concepción de la violencia se produjo un cambio de paradigma. La generación de soldados belgas que se vio arrastrada a las monstruosas fauces de las ametralladoras alemanas durante el primer año de la guerra, había crecido todavía con una elevada moral decimonónica y con un orgullo, un sentido del honor y unos ideales ingenuos. Sus valores castrenses incluían como principales virtudes el coraje, la autodisciplina, la pasión por las marchas, el respeto a la naturaleza y al prójimo, la honestidad, la honra y la disposición a luchar cuerpo a cuerpo. Algunos llevaban encima libros —entre los que también había novelas—, y leían a los demás en voz alta. Muchas veces incluso recitaban poesía, por muy ampulosa que fuera. Piedad, rechazo absoluto de los abusos sexuales, gran moderación con el alcohol, incluso total abstinencia: un militar debía ser un ejemplo para los ciudadanos a los que estaba obligado a proteger.

Todas aquellas antiguas virtudes desaparecieron en el infierno de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde emborrachaban a los soldados de forma deliberada antes de enviarlos a la línea de fuego (uno de los grandes tabúes de los historiadores patrióticos, pero el relato de mi abuelo no deja lugar a la duda); cada vez con más frecuencia, y a medida que se acercaba el final de la guerra prácticamente en todas partes, se celebraban tingeltangels, como los llamaba mi abuelo, saraos clandestinos en los que se animaba a los soldados a saciar su apetito sexual de maneras no siempre igual de delicadas —lo cual, al menos de aquella forma organizada, constituía una auténtica novedad—. La crueldad y las masacres cambiaron para siempre la moral, la mentalidad, las costumbres y la concepción del mundo de esta generación. De los antiguos campos de batalla con olor a praderas pisoteadas, los soldados moribundos que en la hora de su muerte poco menos que hacían un último saludo castrense y las pictóricas escenas militares dieciochescas en paisajes rurales de colinas y arboledas, solo quedaron ruinas mentales ahogadas con gas mostaza y campos cubiertos de extremidades humanas arrancadas de sus cuerpos, restos de un tipo de hombre arcaico literalmente descuartizado.

Los flamencos, de tradición monárquica, volvieron traumatizados a casa. La entrada de Alberto I en Bruselas a finales de 1918 fue acompañada de un desfile militar que a primera vista parecía triunfal; pero muchos soldados, además del alivio que suponía la paz para un país devastado, también sentían en sus corazones el peso del cansancio y el desencanto. Algunos de ellos tenían dificultad para ofrecer la imagen de patriotismo que requería la ocasión. En el cajón del viejo escritorio de mi abuelo encontré una pequeña carpeta con doce postales del fotógrafo bruselense S. Polak. En el sencillo sobre de cartón, con una elegante tipografía, ponía: Cortège historique de la rentrée triomphale du roi Albert et des armées alliées à Bruxelles, le 22 novembre 1918. El patriotismo, sin embargo, ya había adquirido entonces un sabor extraño. Las bombas habían dejado hecha jirones la posibilidad de identificarse con aquel ideal superior; los campos de Flandes oriental quedaron sembrados con los escombros de ideas y romances demasiado ingenuos. En las postales había música “con la división americana”, una imagen de la recepción ofrecida a los “altos dignatarios”, un nutrido grupo de hombres con toga en torno al rey en unas escaleras, una foto del desfile de la artillería americana, la marcha de los carabineros belgas, el desfile con la bandera del Yser, una banda escocesa, una fanfarria francesa, el solemne regreso a Bruselas del heroico alcalde Adolphe Max, el séquito de la familia real y, por último, una foto de una muchedumbre alborotada que se deja llevar por la emoción del momento. Pero en algún sitio había saltado un muelle, algo que sabían muy bien los soldados que miraban en silencio sin participar del fervor popular: la atmósfera de intimidad característica de Europa había quedado profanada para siempre. Lo que se filtraba por las diabólicas brechas que la guerra había abierto en el humanismo era el calor abrasador de un vacío moral, un páramo que a duras penas se dejaba sembrar con nuevos ideales ahora que el hombre descubría hasta qué punto se había dejado engañar por ellos. De los rescoldos nacería una nueva política con mayor poder destructivo, la política de la venganza, el resentimiento, el rencor y el ajuste de cuentas. Pero ya nunca volvería aquel militar que hacía de su forma de marchar una cuestión de honor, que había aprendido el arte del esgrima como si recibiera clases de ballet y que, para colmo del absurdo, poco menos que le hacía una reverencia al enemigo antes de darle el golpe de gracia. En la bahorrina de las trincheras, en las mortíferas nubes de gas mostaza y en las sádicas represalias de los alemanes contra la población indefensa se perdió un pedazo de humanidad ancestral, y cuando a finales de ese mismo siglo un escritor alemán de inequívoca voluntad pacífica observó, durante la guerra de los Balcanes, que si la violencia había alcanzado tales niveles de atrocidad era porque ya no había conciencia del honor en la moral castrense, porque ya no había respeto humano por el enemigo y porque se habían perdido las formas y no quedaba noción alguna de clase en el combate, lo que hizo con ello fue mostrar únicamente una pequeñísima parte de la conciencia de estilo que había desaparecido en Europa. La prensa lo acribilló: dijeron que padecía una forma de nostalgia perniciosa.

Mi abuelo no llegó a perder nunca aquella conmovedora mentalidad arcaica. Estaba demasiado arraigada en él. Pero la repentina desconfianza que apareció en su carácter años más tarde, su manía persecutoria en los años cincuenta y sus ataques de cólera contra nadie en particular y sin motivo aparente —dirigidos tal vez más que nada contra su propia inocencia perdida—, eran para nosotros, que vivíamos con él, testimonios silenciosos, taciturnos y amargos cargados de significado.

Autor: Stefan Hertmans
Traducción: Gonzalo Fernández Gómez

 

07-03-2016 at 20:22 Deja un comentario

Un relojero meticuloso

Tuvo que haber un tiempo primitivísimo, hace millones de años, en el que el hombre, poco más civilizado que el chimpancé, no supiera contar.

Resulta casi imposible imaginar cómo habrá sido la vida interior del primer homo sapiens cuyo cerebro alcanzara un primigenio estadio de pensamiento racional.

Por la noche recordaría aquello que había hecho por la mañana, y se daría cuenta de que unas cosas habían ocurrido antes que otras. Pero cuánto tiempo había pasado exactamente era algo que no podía saber. Es más, ni siquiera podía plantearse esa cuestión.

Ante la pregunta ‘¿cuánto?’, respondería en el mejor de los casos ‘mucho’. O ‘poco’. Muchas generaciones más tarde, todavía no sería capaz de contar más allá de cinco.

Willem Frederik Hermans, Un relojero meticuloso (Een heilige van de horlogerie)
Editorial: De Bezige Bij © 1987 Willem Frederik Hermans

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Constantino, el protagonista de esta novela, completa sus estudios en filosofía con una brillante tesis sobre el tiempo, pero no consigue encontrar trabajo como pensador. Su tío, relojero, le contrata para dar cuerda a los 1.473 relojes de un palacio deshabitado con cerca de 300 salones. Igual que Spinoza se ganaba la vida puliendo lentes para gafas, Constantino disfruta del sencillo trabajo que le han asignado. Entonces aparece en escena una femme fatale, una doble de la actriz Louise Brooks. Willem Frederik Hermans hurga de forma sutil y divertida en el absurdo de la existencia con esta pequeña obra maestra de la narrativa europea.

29-09-2006 at 22:29

Au Pair

Cuando los holandeses necesitan algo que su propia tierra no les proporciona, su primera reacción no es intentar producirlo ellos mismos, sino ir a buscarlo al extranjero.

Willem Frederik Hermans, Au Pair
Editorial: De Bezige Bij © 1989 Willem Frederik Hermans

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Paulina, una chica holandesa de 19 años, quiere estudiar francés e historia del arte en París. Para financiar su aventura, decide trabajar como au pair. Después de pasar unos días en casa de una extraña familia de abogados donde recibe un trato absurdo, encuentra una casa de amantes del arte con mucho dinero. Allí recibe todo tipo de miramientos y regalos, pero ella empieza pronto a sentirse incómoda. No entiende para qué necesitan sus servicios en una casa donde ni siquiera hay niños y nunca parece haber tareas para ella. Au Pair es un trabajo tardío de Willem Frederik Hermans (1989) que justifica la opinión de los muchos que le sitúan a la altura de Kafka.

19-07-2006 at 10:12

El último fumador

Con los vecinos de abajo no se llevaba bien, y se había hecho tan viejo que no le quedaba ni un solo familiar o amigo.

Willem Frederik Hermans, El último fumador (De laatste roker)
Editorial: De Bezige Bij © 1991 Willem Frederik Hermans

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Esta colección de relatos abarca un período de casi cincuenta años en la carrera de WFH y ofrece una estupenda perspectiva sobre su evolución como narrador. El último fumador es por lo tanto una forma extraordinaria de acercarse al particular universo de este escritor tan injustamente ignorado en España pero considerado como una de las grandes voces del siglo XX de los Pirineos hacia el norte. El relato que da título a este volumen y del que aquí se ofrece un fragmento, describe un Amsterdam futurista e imposible en el que tanto el tabaco como la lengua nativa (el neerlandés) son ilegales.

12-07-2005 at 22:55

Mujeres con cerebro

Hace ya algún tiempo que colecciono ceniza ultracongelada. Ya tengo dos cajas llenas y una tercera a medio llenar. La ceniza congelada es una sustancia curiosa. A veces paso una hora mirando una de las cajas abierta sin aburrirme. La ceniza se descongela relativamente despacio, lo cual me parece un aspecto positivo.

Herman Brusselmans, Mujeres con cerebro (Vrouwen met een IQ)
Editorial: Prometheus © 1995 Herman Brusselmans

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Quizá sea cierto que Herman Brusselmans es un autor menor. Puede que sus textos sean frívolos e instranscendentes y que sus lectores tengan poca capacidad de concentración. Pero después de casi treinta años como escritor profesional y más de cuarenta novelas a su nombre, sigue contando con una legión de fieles seguidores que disfrutan de su cinismo desatado. Mujeres con cerebro pone en ridículo a las niñas ricas sin caer en ningún momento en la zafiedad de lo obvio. El protagonista es el batería de un grupo de pop-rock que congela la ceniza de sus cigarrillos y observa el mundo con ironía y distanciamiento. La afilada pluma de Brusselmans no deja títere con cabeza.

23-06-2005 at 14:56


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