Los soldados no lloran

12-12-2012 at 16:53 Deja un comentario

Los soldados no lloranLos soldados no lloran
Rindert Kromhout
Traducción: Gonzalo Fernández
Ediciones SM (Gran Angular) © 2012

Los soldados no lloran es una novela de ficción inspirada en la vida de Julian y Quentin Bell, sobrinos de Virginia Woolf. A priori, una novela juvenil con el círculo de Bloomsbury como marco histórico podría parecer una idea peregrina. Sin embargo, el resultado es cautivador. Los soldados no lloran es un canto a la libertad, el descubrimiento del amor, el arte, el pacifismo, el respeto y la igualdad. El lector no necesita ningún conocimiento histórico previo para sumergirse en la idílica infancia y adolescencia de los protagonistas y vivir con ellos un proceso de crecimiento durante el cual se verán confrontados con la cruda realidad del lado menos amable de la vida.

En el verano de 1937, Julian Bell se alista en las Brigadas Internacionales para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil española. Los soldados no lloran es un recorrido por los doce años previos a su marcha, vistos desde la perspectiva de Quentin, su hermano pequeño. Los recuerdos del narrador nos llevan al mundo mágico de Charleston, una casa de la campiña inglesa próxima a Londres a la cual se retiran en 1925 Vanessa Bell —la madre de Julian y Quentin— y Duncan Grant, un artista de sexualidad ambigua, para dedicarse a la pintura lejos de las servidumbres sociales a las que estaban sometidos en la gran ciudad.

Los niños, Quentin, Julian y la hermana pequeña de ambos, Angelica, crecen en un entorno inspirador, rodeados de pintores, escritores y mentes creativas con poco interés por los convencionalismos o las opiniones de los demás, hombres y mujeres que constituyen una gran familia en la que las relaciones entre los adultos forman geometrías extrañas. La gente del campo, sus nuevos vecinos, los ven como gente rara, pero ellos están demasiado absortos en sus ocupaciones como para otorgarle ninguna importancia a lo que piensen de ellos. En un intento de acercarse a los paisanos del lugar, los habitantes de Charleston ofrecen una fiesta como las que acostumbraban a dar en Londres. Pero sus extravagancias no encuentran eco en su nuevo entorno. Más tarde, hacia el final del libro, el párroco comparará a los artistas llegados de la ciudad con robles plantados en un huerto donde antes no había más que manzanos.

Quentin desarrolla pronto una gran pasión por la literatura, mientras que Julian, con el paso de los años, se muestra cada vez más interesado por la turbulenta situación política de Europa en el período de entreguerras, y comienza a flirtear con el comunismo. Como telón de fondo vemos el nacimiento de los fascismos europeos, el entusiasmo inicial de los italianos por Mussolini y la llegada al poder de Hitler en Alemania tras las elecciones del 33, los efectos de la gran depresión bursátil del 29 en Nueva York sobre los mercados europeos, las huelgas de mineros ingleses a finales de los años 20 y la progresiva generalización de nuevas tecnologías como la luz eléctrica, el teléfono o la aviación civil. El autor también reserva un protagonismo especial para Pablo Picasso y su obra cumbre: el Guernica.

El padre de Quentin, Clive Bell, vive a caballo entre Londres y Charleston. Cada vez que se aloja con la familia lo hace en compañía de una novia distinta, asunto que todo el mundo acepta con absoluta naturalidad. Clive es, de alguna forma, el encargado de transmitir a sus hijos los valores de la familia de artistas a la que pertenecen. Así, en distintas ocasiones lo veremos relatando historias que convergen en una misma idea: «Nunca aceptéis sin más lo que diga la gente. No adoptéis la opinión de nadie y pensad siempre por vosotros mismos. Y alzad vuestra voz si lo consideráis necesario» (página 86); «No os dejéis llevar por la corriente, chicos. Nunca caigáis en la tentación de hacer las cosas por comodidad. Escuchad lo que os dice vuestro corazón, pensad por vosotros mismos y, si es necesario, luchad por vuestra libertad» (página 210).

Vanessa y Duncan se afanan en el desarrollo de su carrera como pintores y, aunque no tienen aspiraciones comerciales de ningún tipo, sus trabajos acaban encontrando un público voraz gracias a los esfuerzos de una aristócrata excéntrica con contactos en Londres y de David, uno de los novios de Duncan, el cual monta una tienda en la caseta del jardín de Charleston para vender cualquier cosa que pinten los artistas: vasijas, ceniceros, pañuelos… Sin embargo, la gran ambición de Vanessa y Duncan —pintar frescos al estilo italiano en la sombría iglesia del pueblo— choca una y otra vez con la resistencia del párroco, que rechaza sus ofrecimientos con educación pero con firmeza.

Virginia Woolf, hermana de Vanessa, y su marido, Leonard, viven a poca distancia de Charleston, en Monk’s House, y también hacen grandes progresos en su trabajo, ella como escritora y él como editor. De vez en cuando tenemos el privilegio de leer las observaciones que hace Virginia sobre el libro que está escribiendo su sobrino Quentin, que es el libro que estamos leyendo. Otros visitantes ilustres de Charleston son los tres vértices del triángulo formado por Lytton Strachey —quien incluso se aloja en la casa durante un tiempo para trabajar en un libro sobre personajes históricos ingleses—, Carrington y Ralph Partridge.

Entretanto, Quentin devora los clásicos de Charles Dickens y Julio Verne, Los viajes de Gulliver, Alicia en el país de las maravillas (su libro favorito), Ivanhoe, Moby Dick, Tom Sawyer… y todavía le queda tiempo para cuidar a una cerdita, compartir secretos con su hermano Julian en la cabaña secreta que comparten los dos en un árbol y descubrir el amor.

Todo parece transcurrir por las apacibles aguas de un paisaje idílico en el que nada malo puede suceder. Los visitantes de Charleston son libres, que no libertinos, creativos, trabajadores, cariñosos, pioneros del feminismo, pacifistas, viven entregados al deleite del arte, el teatro, las conversaciones elevadas sobre la belleza y ni siquiera la procelosa situación política que atraviesa Europa es capaz de desequilibrarlos, pues ellos son humanistas y no se casan con nadie: «No creemos en países ni gobiernos, creemos en las personas (…) sin importarnos dónde viven ni de dónde vienen» (página 146).

Pero entonces sale a la luz una mentira que echa por tierra esa apariencia de perfección, pues resulta —¡quién lo iba a decir!— que los fabulosos hombres y mujeres de Charleston han traicionado sus ideales. Julian enfurece hasta el punto de retirarle la palabra a su madre durante varios meses. Y cuando vuelve a hablar con ella lo hace con frialdad y distanciamiento. Poco después comunicará a la familia que se va a España a luchar contra el fascismo, y nadie podrá hacer que cambie de idea. El destino se encargará de todo lo demás.

www.gonzalofernandez.es

 

Anuncios

Entry filed under: Literatura holandesa, Literatura infantil y juvenil, Literatura neerlandesa. Tags: , , , , , , .

Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí La leyenda de Kaspar Hauser

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


Subvenciones para editores



A %d blogueros les gusta esto: