El carácter indomable del espíritu humano

28-09-2010 at 17:28 Deja un comentario

Dorsvloer vol confettiDorsvloer vol confetti
Tierra árida cubierta de confeti
Franca Treur
Editorial Prometheus © 2009

Franca Treur es sin lugar a dudas la debutante más aclamada del último año en las letras neerlandesas. Su primera novela, Dorsvloer vol confetti (que se podría traducir como Tierra árida cubierta de confeti), acaba de recibir el premio anual al mejor debut que otorga la cadena de librerías Selexyz y está nominada para algunos de los galardones más prestigiosos que todavía están por entregarse antes de que acabe el año.

El libro consiste en una serie de escenas, en el sentido más cinematográfico de la palabra, a través de las cuales Franca nos permite mirar tras las cortinas de una granja holandesa regentada por una familia perteneciente a la tradición calvinista más ortodoxa.

La historia transcurre en los años ochenta, la era de la cuota lechera y las tasas suplementarias. Son los años de las discotecas, el house y el éxtasis, pero también —al menos en los círculos calvinistas— del estudio de la Biblia, las congregaciones eclesiásticas y la austeridad catártica.

Katelijne, la protagonista, es una niña curiosa de doce años que crece entre seis hermanos. En la granja no se ve la televisión, la radio sólo está permitida para oír las noticias y en la nevera no hay refrescos, pero sí mucha leche. La playa, dicen los padres, es un lugar de ocio vano donde a nadie se le ha perdido nada, y una visita sin permiso a la feria del pueblo es motivo suficiente para imponer un duro castigo.

¿Qué clase de libro es este? La religiosidad exacerbada de la familia es un dato que, a priori, podría echar para atrás a más de uno. Sin embargo, Dorsvloer vol confetti es un libro optimista de lectura ligera. La autora quita peso a la carga que supone la omnipresencia de Dios en la comunidad y nos ofrece una perspectiva liviana y amable de la vida en la Holanda rural.

“El padre” y “la madre”, tal y como se alude a los padres de Katelijne a lo largo de toda la obra, son estrictos y represivos, pero no llegan a ser tan miserables que despierten el odio del lector. El padre gasta una broma de vez en cuando y la madre hace la vista gorda en más de una ocasión. Además, los dos reaccionan de forma muy indulgente cuando uno de los hijos comete un pecado que le obliga a casarse a los dieciséis años. La escena de la boda, que constituye el clímax dramático de la novela, se celebra sobre tierra árida cubierta de confeti. De ahí el título.

Los personajes oscilan constantemente entre el Señor y sus pequeñas debilidades, vicios o manías. La madre se entrega con pasión a su vocación de cuidadora de flores, el padre disfruta de sus cervezas y los hermanos, por la noche, no siempre tienen las manos encima de las sábanas. Katelijne, por su parte, también se deja llevar por sus fantasías. Y aunque Dios le prohibe mentir, su afición por embelesar a los demás con sus historias es muchas veces más fuerte que su conciencia religiosa. Y esa es la forma de Franca Treur de decir que el espíritu humano nunca se llega a dejar domar del todo, ni siquiera bajo el yugo de una doctrina ortodoxa.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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