La importancia de saber caer

12-09-2010 at 18:18 Deja un comentario

VaslavVaslav
(Vaslav)
Arthur Japin
Editorial Arbeiderspers © 2010

De la misma forma que hizo con Giacomo Casanova en Een schitterend gebrek, Arthur Japin vuelve a situar a un personaje histórico en el epicentro de su nueva novela. La vida profesional del legendario bailarín Vaslav Nijinsky concluyó de forma abrupta el 19 de enero de 1919, cuando, a los 29 años de edad, interrumpió una gala benéfica con las palabras: «El caballito ya está cansado». Durante los treinta y un años que le restaban de vida Vaslav no volvería a bailar. Desde aquel momento se sumergió en las profundidades de la locura y fue perdiendo contacto con el mundo que le rodeaba de forma progresiva.

Gracias a las memorias de Romola, su mujer, a los diarios del propio bailarín y a una serie de biografías, tanto el inmenso talento como el proceso de deterioro de la salud mental de Nijinsky están ampliamente documentados. En el epílogo, Arthur Japin menciona quince títulos, una mina de oro para un novelista con verdadera pasión por explorar vidas que se desarrollan en las regiones más periféricas del canon social.

El libro narra la historia de las tres personas más próximas al bailarín y la forma particular que cada uno tenía de amarle. Su representante, Sergéi Diágilev, su mujer Romola de Pulszky y Peter, un sirviente que poco a poco irá asumiendo las funciones de cuidador personal —y tal vez de amante. Pero ninguno de ellos parece poder empatizar con el amor de los otros y entre los tres se existe un clima de animadversión mutua que genera la tensión dramática necesaria.

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Nijinsky era la gran estrella de Los Ballets Rusos. La compañía de Diágilev impulsó una revolución en el mundo de la danza gracias a la música y los decorados de artistas de vanguardia como Ígor Stravinsky y Pablo Picasso. El escándalo de Le Sacre du Printemps en 1913, una coreografía concebida por Nijinsky en la que él mismo interpretaba el papel protagonista, se sigue considerando un punto álgido en la historia del arte moderno.

Aquel mismo año se produjo la ruptura definitiva entre Diágilev y Nijinsky, cuya relación transcurría por aguas procelosas. Durante un viaje a Argentina, en el que no se embarcó el representante por su miedo congénito al mar, Nijinsky se dejó seducir por la bailarina húngara Romola de Pulszky, hasta tal punto que antes de llegar a Buenos Aires contrajeron matrimonio a bordo del barco. Tan pronto como Diágilev recibió la noticia, envió un telegrama a Nijinsky en el que le comunicaba el cese inmediato de sus servicios como representante.

No es extraño que Arthur Japin se haya sentido atraído por una historia tan dramática, la cual le permite seguir explorando el significado del amor como razón última de todas nuestras decisiones importantes, el gran tema de su obra. El amor como factor decisivo que se puede manifestar de infinitas formas distintas, y que por eso a veces es tan difícil de comprender para los demás.

El día en que Nijinsky da sus últimos pasos sobre un escenario se desarrolla en medio de un gran caos. Japin nos muestra los eventos desde los tres puntos de vista correspondientes a cada uno de los personajes, todos ellos al borde de un ataque de nervios agudizado por la imposibilidad de aproximarse, en sentido literal y figurado, al gran bailarín.

Diágilev reaparece después de varios años precisamente el día del clímax dramático en la vida de Nijinsky, y esto permite a Japin relatar con detalle los años de gloria del bailarín, cuando deleitaba al público con los elegantes movimientos de su cuerpo y, sobre todo, con aquellos saltos que ponían en entredicho las leyes físicas descritas por Newton. El cinismo de Diágilev proporciona observaciones muy agudas y pasajes tan emocionantes como divertidos.

Con esta novela, Arthur Japin ha sabido tejer una ingeniosa historia sobre la base de unos cuantos datos biográficos, creando un universo a medio camino entre la novela histórica, la biografía y la ficción.

En todo el libro, Nijinsky realiza su famoso salto en una única ocasión. Y lo hace al aire libre, en el campo, en una función privada para su hija y su ayudante, Peter. «Yo no llamaría flotar a lo que hizo, sino navegar por el aire, el torso al frente cual mascarón de proa, la cabeza en alto, la mirada en las nubes. Y cuando alcanzó el punto más alto pareció dudar, (…) como si sopesara qué hacer, dejarse caer o seguir ascendiendo». Más adelante, es el propio Nijinsky quien resume su drama personal en una sola frase: «Lo difícil es volver a bajar».

Que todo lo que sube baja es una verdad por todos conocida. Arthur Japin va mucho más allá y nos ofrece un marco inmejorable para reflexionar sobre la importancia de saber bajar. O caer.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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