El garaje de Platón

07-09-2010 at 13:18 Deja un comentario

De bewakerDe bewaker
El vigilante
Peter Terrin
Editorial Arbeiderspers © 2009

Esto es lo que vamos a hacer: Tú te colocas en el garaje 3, bien visible, y lo apuntas en todo momento, ¿de acuerdo? Cuando se abran las puertas de la furgoneta disponemos de una fracción de segundo. La decisión de disparar la tomamos cada uno de forma independiente. Pero si uno de nosotros abre el fuego, el otro lo apoya de forma incondicional.

No, la escena que abre la nueva novela de Peter Terrin no se desarrolla en un puesto de control en Uruzgán, sino en el garaje subterráneo de un complejo de apartamentos de lujo. Y los dos protagonistas no se preparan para un ataque por sorpresa, sino para recibir al repartidor de su aprovisionamiento semanal. Los dos vigilantes se toman su trabajo muy a pecho, de eso no hay ninguna duda. Mientras uno de ellos limpia su Flock 28, el otro apunta su arma hacia la puerta del garaje, que además es la única entrada al complejo. Una entrada que, según afirma Michel —la voz que narra la historia en primera persona— está construida a prueba de misiles.

Pero, ¿por qué tantas medidas de seguridad? ¿Tanto valor tiene lo que sea que se encuentra dentro del complejo de apartamentos? ¿Tan amenazadora es la situación que se vive en el exterior?

El autor deja estas preguntas en el aire durante mucho tiempo, y los dos vigilantes nunca llegarán a tener respuestas. El garaje subterráneo en el que se encuentran es para ellos una suerte de caverna de Platón, un lugar donde observan sombras sin saber que éstas no son más que un reflejo de la realidad.

Al parecer es una temática recurrente en la obra de Peter Terrin. Sus personajes se enfrentan a un mundo que, por falta de visión de conjunto, no llegan a comprender del todo. Esto provoca miedos que se acaban convirtiendo en paranoia, y para aplacar ese miedo intentan controlar hasta los detalles más nimios de aquella parte del mundo que sí conocen, estableciendo normas, fórmulas y rituales obsesivos.

Pero esas medidas no resultan efectivas contra el miedo, lo cual provoca que los intentos de control exhaustivo del entorno sean cada vez más y más forzados, hasta que las amenazas que solo existen en la cabeza de los vigilantes son mucho más peligrosas de lo que el mundo exterior llegará a ser jamás. El vigilante es más que una historia de ficción. Es un microcosmos formado por dos hombres y una puerta blindada como alegoría de las sociedades occidentales del siglo XXI.

El verdadero protagonista de este libro es el miedo. Michel y Harry, los dos vigilantes, tienen miedo de todo. De la furgoneta de abastecimiento, de los posibles intrusos y de aquello que pueda haber ocurrido en la ciudad y sobre lo cual ellos no saben nada, pues pronto dejarán de recibir información procedente del exterior. Sus fantasmas (¿guerra? ¿catástrofe nuclear? ¿un virus desconocido?) no harán sino crecer, sobre todo en el momento en que todos los habitantes del complejo de apartamentos, excepto uno, abandonan sus casas acompañados por su personal de servicio.

Harry y Michel, sin embargo, deciden seguir cumpliendo de forma escrupulosa con la tarea que se les ha encomendado. No salen al exterior, cuentan todos los días las balas que hay en sus provisiones de munición, viven de pan hecho por ellos mismos y carne enlatada, duermen por turnos de cinco horas y hacen guardia. La misteriosa organización que gestiona el complejo, mientras tanto, no suelta prenda sobre el nuevo vigilante que debe llegar como refuerzo o reemplazo.

Con estos datos, a nadie le sorprenderá que El vigilante sea una novela con una atmósfera asfixiante. Pero el exceso de celo profesional de los dos vigilantes también tiene su lado cómico, y la capacidad de observación de Michel, el narrador, lo condimenta todo con agudos comentarios. Además de crear un mundo de ideas, Peter Terrin también explora con maestría el imperio de los sentidos. En la primera parte del libro encontramos un ejemplo magnífico de ello cuando los vigilantes descubren que entre sus provisiones de la semana hay un tarro de mermelada de fresa. El tarro, fatalmente, cae al suelo y se rompe, y Michel y Harry dan buena cuenta de su contenido, en cuclillas, después de que Harry haya retirado los cristales y los haya chupado uno a uno para no desperdiciar nada. Lo que viene a continuación es una explosión de sabor y una escena de incuestionable carga erótica que admite diversas interpretaciones:

Harry coge un poco de mermelada, con mucho cuidado, y me acerca la cucharilla a los labios, supongo que como compensación por lo que él ya ha disfrutado chupando los cristales. En cuanto la mermelada alcanza mi boca, olvido el peligro de que haya fragmentos de cristal, empujo la lengua contra el paladar y trago con decisión. Anestesiado por una sacudida eléctrica, abro la boca de forma involuntaria. El sabor es tan intenso que debo dejar escapar una parte del mismo; la fresa y el azúcar me hacen jadear como a un perro que libera calor. Una melodía eufórica ya recorre mis venas cuando veo que Harry se sirve a sí mismo y me mira directamente a los ojos. Los dos sabemos lo que siente el otro.

Poco a poco, uno empieza a sospechar que El vigilante también es una novela de amor, un amor ni declarado ni consumado, pero amor a fin de cuentas. Lo que empieza con unas sesiones en las que los dos hombres se recortan la barba mutuamente de forma burda con un pequeño cuchillo desafilado, se va convirtiendo progresivamente en algo más explícito. Harry habla cada vez con mayor frecuencia de sus posibilidades de ser trasladados a un cuerpo de élite, el cual se dedica supuestamente a la vigilancia de fincas con tierras de cultivo y mujeres semidesnudas, y siempre lo hace en términos de «tú y yo». Sus comentarios parecen sugerir que ya no es capaz de imaginar una vida sin Michel.

Esa solidaridad obstinada tiene un efecto aún más conmovedor, si cabe, porque el lector intuye lo inalcanzable que es ese cuerpo de élite, si es que tal cosa existe. Uno llega a querer a los dos personajes como a dos niños que creen con toda convicción en un sueño irreal y absurdo.

Pero todo ello tiene un lado oscuro, el cual se manifiesta cuando el equilibrio natural entre Harry y Michel se ve perturbado, con consecuencias catastróficas. Así, en la fase final de la historia, el libro parece cada vez más un thriller en el que la realidad y la imaginación de los personajes se diluyen hasta formar un universo inquietante en el que todas las piezas encajan a la perfección.

Al final, Terrin completa la analogía con el mito de la caverna de Platón. Porque cuando los habitantes de la cueva salen por fin al exterior para contemplar el sol, la luz los ciega y lo único que quieren es volver al interior; y eso es lo que le pasa a Michel cuando se presenta la oportunidad, por fin, de averiguar qué es lo que está ocurriendo en el exterior.

El vigilante es una novela que deja al lector perplejo por su belleza y su complejidad, tejida sobre la base de un planteamiento radicalmente sencillo.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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