Sólo la muerte nos hace sentir vivos

06-09-2010 at 14:55 Deja un comentario

De Nederlandse maagdDe Nederlandse maagd
(La virgen holandesa)
Marente de Moor
Editorial Querido ©2010

Gran parte de esta historia transcurre en una sala de esgrima. De la pared, cual espadas de Damocles, cuelgan dos “parisinas”. Su presencia constituye una amenaza permanente en la nueva novela de Marente de Moor, De Nederlandse maagd (La virgen holandesa), como el fusil de una obra de Chéjov que aparece en el primer acto y no dispara hasta el último.

Marente de Moor (1972) estudió lenguas eslavas, vivió un tiempo en San Petersburgo y es especialista en literatura rusa. Su debut (De overtreder, 2007) giraba en torno a los inmigrantes ilegales procedentes de Rusia llegados a Amsterdam tras la caída del muro de Berlín y tenía como tema central el alma de los rusos —según dicen ellos mismos distinta a la del resto de los seres humanos—. Un militar de rango medio, presa de la nostalgia por las emociones fuertes que proporcionaba la vida en su patria, se lanza por todo Holanda a la búsqueda de un soldado que desertó estando a su cargo.  Bajo este propósito se oculta en realidad la necesidad de buscarse a sí mismo. En concreto, al hombre de piel gruesa que fue en el pasado.

En La virgen holandesa, una esgrimista de dieciocho años, Janna, hace un viaje de Maastricht (Holanda) a Aquisgrán (Alemania) que cambiará su vida para siempre. Y no por la impresión que causa en ella la lectura de Guerra y paz, sino por los desbarajustes emocionales que sufre al enamorarse de un hombre que bien podría haber figurado en el clásico de Tolstói. Egon von Bötticher, un alemán veinticinco años mayor que Janna, participó en la Primera Guerra Mundial como húsar y volvió a casa mutilado. Ahora da clases de esgrima en su mansión de Aquisgrán y organiza duelos ilegales de Mensur en los que participan jóvenes miembros de las SS con el vago propósito de hacerse una cicatriz en la frente.

A ese mundo de hombres llega Janna, la virgen holandesa, para mejorar su técnica de esgrima. Durante la Primera Guerra Mundial, su padre, un médico de la Cruz Roja, salvó la vida del maestro de esgrima alemán llevándolo medio muerto a Holanda, territorio neutral durante la contienda. Janna descubrirá enseguida que el húsar mutilado no está precisamente agradecido a su padre. Entre los dos hombres, según se irá viendo, hay un gran secreto y muchas sombras. Janna intenta resolver el misterio, y en el proceso se deja la inocencia. Pero mucho más grave que perder la virginidad en la campiña alemana es el descubrimiento de que, en la jerigonza de los jovencitos alemanes, virginidad equivale a neutralidad, que para ellos viene a ser lo mismo que cobardía. Cuando hablan de “la virgen holandesa” no se refieren a Janna, sino a su pusilánime y apocada madre patria. Marente de Moor se vale aquí de un motivo, la mujer como figura alegórica y personificación de una ciudad o un país, cuyo origen se remonta a la Grecia clásica.

Janna idolatra a la campeona olímpica de esgrima Helene Mayer, una atleta que en principio no podía participar en los Juegos Olímpicos de 1936 por ser medio judía. Al final, Hitler la utilizó ante el Comité Olímpico Internacional como prueba de buena fe. Thomas Mann la instó a boicotear los Juegos, pero ella decidió participar, a pesar de tener que someterse a la humillación de hacer el preceptivo saludo hitleriano. Mayer figura en la novela a modo de ensoñación, como una sombra de Janna con la que ésta disputa su mejor combate de esgrima. No en vano, la esgrima es sobre todo, según le enseñará su maestro, una lucha con uno mismo.

Von Bötticher volvió de la guerra mutilado no sólo física, sino también mentalmente, aquejado de una neurosis que lo lleva a buscar el orden y la simetría en su entorno de forma permanente. No obstante, el tiempo le permitirá curar esta obsesión compulsiva. Además de Janna, también tiene como alumnos de esgrima a los hijos de su antigua amante, una pareja de gemelos a los que quiere convertir en los mejores esgrimistas que hayan pasado nunca por su escuela. «Dos luchadores idénticos pero entrenados de forma distinta. El contrincante se verá desconcertado y no sabrá a cuál de ellos se enfrenta.» A Janna le parece un plan absurdo. Los esgrimistas se baten con la cara protegida por una máscara y es imposible distinguir a uno de otro. Poco a poco, Von Bötticher parece darle la razón. Durante una discusión acerca de Hitler afirma lo siguiente: «Eso del nacionalsocialismo es un experimento sin ningún sentido, y no tardarán en darse cuenta. Es una locura aspirar a la uniformidad y la simetría, sin tener en cuenta las diferencias.»

Sin embargo, el antiguo húsar anhela el “orden” que establece la guerra, especialmente las emociones que desata: «La pasión por crecer, y si fuera necesario, morir. Porque sólo gracias a la muerte nos sentimos vivos.»

Hay muchos elementos de esta novela que recuerdan a El cuarto oscuro de Damocles de Willem Frederik Hermans: los dobles, la lucha del ser humano contra su propia sombra, la colaboración con los nazis y la constatación de que la realidad es insondable. Por lo demás, la amenazante atmósfera, los dilemas morales y la ebullición de pasiones mantienen la tensión hasta que cae la espada de Damocles para acabar con el elenco de sombras.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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