Archive for septiembre, 2010

Una vida de mentira

Hoe ik nimmer de Ronde van FrankrijkIvo Victoria Frankrijk
voor min-twaalfjarigen won
(en dat het me spijt)

Nunca gané el Tour de Francia
para menores de doce años
(y cuánto lo lamento)

Ivo Victoria
Editorial Ambo | Anthos ©2009

Mientras que la mayoría de los niños se limita a inventar simples bravuconadas para impresionar a sus compañeros de clase («ayer me bebí un litro de cocacola de un trago»), el héroe del fascinante debut de Ivo Victoria le cuenta a su mejor amigo un bulo de proporciones cósmicas. Ivo —el personaje principal se llama igual que el autor— se inventa un evento deportivo inexistente, el Tour de Francia para menores de doce años, y se declara como último ganador absoluto, ofreciendo a su crédulo amigo Dries todo tipo de detalles sobre las diferencias entre la longitud de las etapas del Tour de verdad y el de menores, las categorías de los puertos de montaña y la letra pequeña del reglamento en lo relativo a la edad de los participantes. Incluso le asegura tener una gran amistad con Lucien van Impe, el último ciclista belga que ganó el Tour.

Veinticinco años después, Ivo quiere quitarse de encima el peso de aquella mentira y ofrecer sus más sinceras disculpas a su antiguo amigo. Para ello, el protagonista regresa a Edegem, su pueblo natal, un viaje que permitirá al autor realizar un largo recorrido por la infancia y la adolescencia del protagonista. Gran parte de la historia se centra en los años escolares de Ivo, cuando, gracias a aquella invención de su triunfo como ciclista, se convierte en uña y carne con el tímido Dries. En ese periodo, Ivo también está convencido de contar con el amor de Anja, una niña a la que le ha dicho que su verdadero nombre es Tarzán. El lector sabe, sin embargo, que Anja dedica sus miradas a otro chico que hay detrás de él. Su vida es una gran mentira.

La tragedia de Ivo sale pronto a la superficie. Sus fabulaciones dignas del mejor Samaniego no son más que bombas de humo con las que enmascarar su inseguridad y su soledad. Poco a poco, a medida que el relato se aproxima al momento en que el protagonista, ya en la edad madura, siente un ataque de pánico y experimenta la necesidad de buscar a su viejo amigo, el libro se convierte en un estudio de color sepia sobre las muchas formas en que los recuerdos dejan cicatrices indelebles en la vida de las personas.

El proceso mediante el cual va tomando forma la identidad de Ivo es una gran aventura para el lector. Dries, Anja y todos los demás chicos del colegio crecen, pero él sigue siendo en parte un niño y su percepción de la realidad sigue estando influida por los altos vuelos que tomaba su imaginación infantil. El paréntesis que sirve de apéndice al larguísimo y seductor título de este libro tiene dos lecturas. Por un lado, Ivo quiere disculparse ante sus amigos por haber mentido (no hay un Tour para menores de doce años). Pero lo que él lamenta de verdad no es la mentira en sí, sino el hecho de no haber ganado aquel evento deportivo imaginado ni ninguna otra cosa.

El tema de la novela es a primera vista muy sencillo —el conocido conflicto interior del chico que no quiere hacerse adulto—, pero el lector atento descubrirá una estructura narrativa rica y compleja. En cualquier caso, la receta a base de partes iguales de nostalgia y humor funciona a las mil maravillas.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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28-09-2010 at 17:53 Deja un comentario

El carácter indomable del espíritu humano

Dorsvloer vol confettiDorsvloer vol confetti
Tierra árida cubierta de confeti
Franca Treur
Editorial Prometheus © 2009

Franca Treur es sin lugar a dudas la debutante más aclamada del último año en las letras neerlandesas. Su primera novela, Dorsvloer vol confetti (que se podría traducir como Tierra árida cubierta de confeti), acaba de recibir el premio anual al mejor debut que otorga la cadena de librerías Selexyz y está nominada para algunos de los galardones más prestigiosos que todavía están por entregarse antes de que acabe el año.

El libro consiste en una serie de escenas, en el sentido más cinematográfico de la palabra, a través de las cuales Franca nos permite mirar tras las cortinas de una granja holandesa regentada por una familia perteneciente a la tradición calvinista más ortodoxa.

La historia transcurre en los años ochenta, la era de la cuota lechera y las tasas suplementarias. Son los años de las discotecas, el house y el éxtasis, pero también —al menos en los círculos calvinistas— del estudio de la Biblia, las congregaciones eclesiásticas y la austeridad catártica.

Katelijne, la protagonista, es una niña curiosa de doce años que crece entre seis hermanos. En la granja no se ve la televisión, la radio sólo está permitida para oír las noticias y en la nevera no hay refrescos, pero sí mucha leche. La playa, dicen los padres, es un lugar de ocio vano donde a nadie se le ha perdido nada, y una visita sin permiso a la feria del pueblo es motivo suficiente para imponer un duro castigo.

¿Qué clase de libro es este? La religiosidad exacerbada de la familia es un dato que, a priori, podría echar para atrás a más de uno. Sin embargo, Dorsvloer vol confetti es un libro optimista de lectura ligera. La autora quita peso a la carga que supone la omnipresencia de Dios en la comunidad y nos ofrece una perspectiva liviana y amable de la vida en la Holanda rural.

“El padre” y “la madre”, tal y como se alude a los padres de Katelijne a lo largo de toda la obra, son estrictos y represivos, pero no llegan a ser tan miserables que despierten el odio del lector. El padre gasta una broma de vez en cuando y la madre hace la vista gorda en más de una ocasión. Además, los dos reaccionan de forma muy indulgente cuando uno de los hijos comete un pecado que le obliga a casarse a los dieciséis años. La escena de la boda, que constituye el clímax dramático de la novela, se celebra sobre tierra árida cubierta de confeti. De ahí el título.

Los personajes oscilan constantemente entre el Señor y sus pequeñas debilidades, vicios o manías. La madre se entrega con pasión a su vocación de cuidadora de flores, el padre disfruta de sus cervezas y los hermanos, por la noche, no siempre tienen las manos encima de las sábanas. Katelijne, por su parte, también se deja llevar por sus fantasías. Y aunque Dios le prohibe mentir, su afición por embelesar a los demás con sus historias es muchas veces más fuerte que su conciencia religiosa. Y esa es la forma de Franca Treur de decir que el espíritu humano nunca se llega a dejar domar del todo, ni siquiera bajo el yugo de una doctrina ortodoxa.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


28-09-2010 at 17:28 Deja un comentario

La importancia de saber caer

VaslavVaslav
(Vaslav)
Arthur Japin
Editorial Arbeiderspers © 2010

De la misma forma que hizo con Giacomo Casanova en Een schitterend gebrek, Arthur Japin vuelve a situar a un personaje histórico en el epicentro de su nueva novela. La vida profesional del legendario bailarín Vaslav Nijinsky concluyó de forma abrupta el 19 de enero de 1919, cuando, a los 29 años de edad, interrumpió una gala benéfica con las palabras: «El caballito ya está cansado». Durante los treinta y un años que le restaban de vida Vaslav no volvería a bailar. Desde aquel momento se sumergió en las profundidades de la locura y fue perdiendo contacto con el mundo que le rodeaba de forma progresiva.

Gracias a las memorias de Romola, su mujer, a los diarios del propio bailarín y a una serie de biografías, tanto el inmenso talento como el proceso de deterioro de la salud mental de Nijinsky están ampliamente documentados. En el epílogo, Arthur Japin menciona quince títulos, una mina de oro para un novelista con verdadera pasión por explorar vidas que se desarrollan en las regiones más periféricas del canon social.

El libro narra la historia de las tres personas más próximas al bailarín y la forma particular que cada uno tenía de amarle. Su representante, Sergéi Diágilev, su mujer Romola de Pulszky y Peter, un sirviente que poco a poco irá asumiendo las funciones de cuidador personal —y tal vez de amante. Pero ninguno de ellos parece poder empatizar con el amor de los otros y entre los tres se existe un clima de animadversión mutua que genera la tensión dramática necesaria.

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Nijinsky era la gran estrella de Los Ballets Rusos. La compañía de Diágilev impulsó una revolución en el mundo de la danza gracias a la música y los decorados de artistas de vanguardia como Ígor Stravinsky y Pablo Picasso. El escándalo de Le Sacre du Printemps en 1913, una coreografía concebida por Nijinsky en la que él mismo interpretaba el papel protagonista, se sigue considerando un punto álgido en la historia del arte moderno.

Aquel mismo año se produjo la ruptura definitiva entre Diágilev y Nijinsky, cuya relación transcurría por aguas procelosas. Durante un viaje a Argentina, en el que no se embarcó el representante por su miedo congénito al mar, Nijinsky se dejó seducir por la bailarina húngara Romola de Pulszky, hasta tal punto que antes de llegar a Buenos Aires contrajeron matrimonio a bordo del barco. Tan pronto como Diágilev recibió la noticia, envió un telegrama a Nijinsky en el que le comunicaba el cese inmediato de sus servicios como representante.

No es extraño que Arthur Japin se haya sentido atraído por una historia tan dramática, la cual le permite seguir explorando el significado del amor como razón última de todas nuestras decisiones importantes, el gran tema de su obra. El amor como factor decisivo que se puede manifestar de infinitas formas distintas, y que por eso a veces es tan difícil de comprender para los demás.

El día en que Nijinsky da sus últimos pasos sobre un escenario se desarrolla en medio de un gran caos. Japin nos muestra los eventos desde los tres puntos de vista correspondientes a cada uno de los personajes, todos ellos al borde de un ataque de nervios agudizado por la imposibilidad de aproximarse, en sentido literal y figurado, al gran bailarín.

Diágilev reaparece después de varios años precisamente el día del clímax dramático en la vida de Nijinsky, y esto permite a Japin relatar con detalle los años de gloria del bailarín, cuando deleitaba al público con los elegantes movimientos de su cuerpo y, sobre todo, con aquellos saltos que ponían en entredicho las leyes físicas descritas por Newton. El cinismo de Diágilev proporciona observaciones muy agudas y pasajes tan emocionantes como divertidos.

Con esta novela, Arthur Japin ha sabido tejer una ingeniosa historia sobre la base de unos cuantos datos biográficos, creando un universo a medio camino entre la novela histórica, la biografía y la ficción.

En todo el libro, Nijinsky realiza su famoso salto en una única ocasión. Y lo hace al aire libre, en el campo, en una función privada para su hija y su ayudante, Peter. «Yo no llamaría flotar a lo que hizo, sino navegar por el aire, el torso al frente cual mascarón de proa, la cabeza en alto, la mirada en las nubes. Y cuando alcanzó el punto más alto pareció dudar, (…) como si sopesara qué hacer, dejarse caer o seguir ascendiendo». Más adelante, es el propio Nijinsky quien resume su drama personal en una sola frase: «Lo difícil es volver a bajar».

Que todo lo que sube baja es una verdad por todos conocida. Arthur Japin va mucho más allá y nos ofrece un marco inmejorable para reflexionar sobre la importancia de saber bajar. O caer.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


12-09-2010 at 18:18 Deja un comentario

El garaje de Platón

De bewakerDe bewaker
El vigilante
Peter Terrin
Editorial Arbeiderspers © 2009

Esto es lo que vamos a hacer: Tú te colocas en el garaje 3, bien visible, y lo apuntas en todo momento, ¿de acuerdo? Cuando se abran las puertas de la furgoneta disponemos de una fracción de segundo. La decisión de disparar la tomamos cada uno de forma independiente. Pero si uno de nosotros abre el fuego, el otro lo apoya de forma incondicional.

No, la escena que abre la nueva novela de Peter Terrin no se desarrolla en un puesto de control en Uruzgán, sino en el garaje subterráneo de un complejo de apartamentos de lujo. Y los dos protagonistas no se preparan para un ataque por sorpresa, sino para recibir al repartidor de su aprovisionamiento semanal. Los dos vigilantes se toman su trabajo muy a pecho, de eso no hay ninguna duda. Mientras uno de ellos limpia su Flock 28, el otro apunta su arma hacia la puerta del garaje, que además es la única entrada al complejo. Una entrada que, según afirma Michel —la voz que narra la historia en primera persona— está construida a prueba de misiles.

Pero, ¿por qué tantas medidas de seguridad? ¿Tanto valor tiene lo que sea que se encuentra dentro del complejo de apartamentos? ¿Tan amenazadora es la situación que se vive en el exterior?

El autor deja estas preguntas en el aire durante mucho tiempo, y los dos vigilantes nunca llegarán a tener respuestas. El garaje subterráneo en el que se encuentran es para ellos una suerte de caverna de Platón, un lugar donde observan sombras sin saber que éstas no son más que un reflejo de la realidad.

Al parecer es una temática recurrente en la obra de Peter Terrin. Sus personajes se enfrentan a un mundo que, por falta de visión de conjunto, no llegan a comprender del todo. Esto provoca miedos que se acaban convirtiendo en paranoia, y para aplacar ese miedo intentan controlar hasta los detalles más nimios de aquella parte del mundo que sí conocen, estableciendo normas, fórmulas y rituales obsesivos.

Pero esas medidas no resultan efectivas contra el miedo, lo cual provoca que los intentos de control exhaustivo del entorno sean cada vez más y más forzados, hasta que las amenazas que solo existen en la cabeza de los vigilantes son mucho más peligrosas de lo que el mundo exterior llegará a ser jamás. El vigilante es más que una historia de ficción. Es un microcosmos formado por dos hombres y una puerta blindada como alegoría de las sociedades occidentales del siglo XXI.

El verdadero protagonista de este libro es el miedo. Michel y Harry, los dos vigilantes, tienen miedo de todo. De la furgoneta de abastecimiento, de los posibles intrusos y de aquello que pueda haber ocurrido en la ciudad y sobre lo cual ellos no saben nada, pues pronto dejarán de recibir información procedente del exterior. Sus fantasmas (¿guerra? ¿catástrofe nuclear? ¿un virus desconocido?) no harán sino crecer, sobre todo en el momento en que todos los habitantes del complejo de apartamentos, excepto uno, abandonan sus casas acompañados por su personal de servicio.

Harry y Michel, sin embargo, deciden seguir cumpliendo de forma escrupulosa con la tarea que se les ha encomendado. No salen al exterior, cuentan todos los días las balas que hay en sus provisiones de munición, viven de pan hecho por ellos mismos y carne enlatada, duermen por turnos de cinco horas y hacen guardia. La misteriosa organización que gestiona el complejo, mientras tanto, no suelta prenda sobre el nuevo vigilante que debe llegar como refuerzo o reemplazo.

Con estos datos, a nadie le sorprenderá que El vigilante sea una novela con una atmósfera asfixiante. Pero el exceso de celo profesional de los dos vigilantes también tiene su lado cómico, y la capacidad de observación de Michel, el narrador, lo condimenta todo con agudos comentarios. Además de crear un mundo de ideas, Peter Terrin también explora con maestría el imperio de los sentidos. En la primera parte del libro encontramos un ejemplo magnífico de ello cuando los vigilantes descubren que entre sus provisiones de la semana hay un tarro de mermelada de fresa. El tarro, fatalmente, cae al suelo y se rompe, y Michel y Harry dan buena cuenta de su contenido, en cuclillas, después de que Harry haya retirado los cristales y los haya chupado uno a uno para no desperdiciar nada. Lo que viene a continuación es una explosión de sabor y una escena de incuestionable carga erótica que admite diversas interpretaciones:

Harry coge un poco de mermelada, con mucho cuidado, y me acerca la cucharilla a los labios, supongo que como compensación por lo que él ya ha disfrutado chupando los cristales. En cuanto la mermelada alcanza mi boca, olvido el peligro de que haya fragmentos de cristal, empujo la lengua contra el paladar y trago con decisión. Anestesiado por una sacudida eléctrica, abro la boca de forma involuntaria. El sabor es tan intenso que debo dejar escapar una parte del mismo; la fresa y el azúcar me hacen jadear como a un perro que libera calor. Una melodía eufórica ya recorre mis venas cuando veo que Harry se sirve a sí mismo y me mira directamente a los ojos. Los dos sabemos lo que siente el otro.

Poco a poco, uno empieza a sospechar que El vigilante también es una novela de amor, un amor ni declarado ni consumado, pero amor a fin de cuentas. Lo que empieza con unas sesiones en las que los dos hombres se recortan la barba mutuamente de forma burda con un pequeño cuchillo desafilado, se va convirtiendo progresivamente en algo más explícito. Harry habla cada vez con mayor frecuencia de sus posibilidades de ser trasladados a un cuerpo de élite, el cual se dedica supuestamente a la vigilancia de fincas con tierras de cultivo y mujeres semidesnudas, y siempre lo hace en términos de «tú y yo». Sus comentarios parecen sugerir que ya no es capaz de imaginar una vida sin Michel.

Esa solidaridad obstinada tiene un efecto aún más conmovedor, si cabe, porque el lector intuye lo inalcanzable que es ese cuerpo de élite, si es que tal cosa existe. Uno llega a querer a los dos personajes como a dos niños que creen con toda convicción en un sueño irreal y absurdo.

Pero todo ello tiene un lado oscuro, el cual se manifiesta cuando el equilibrio natural entre Harry y Michel se ve perturbado, con consecuencias catastróficas. Así, en la fase final de la historia, el libro parece cada vez más un thriller en el que la realidad y la imaginación de los personajes se diluyen hasta formar un universo inquietante en el que todas las piezas encajan a la perfección.

Al final, Terrin completa la analogía con el mito de la caverna de Platón. Porque cuando los habitantes de la cueva salen por fin al exterior para contemplar el sol, la luz los ciega y lo único que quieren es volver al interior; y eso es lo que le pasa a Michel cuando se presenta la oportunidad, por fin, de averiguar qué es lo que está ocurriendo en el exterior.

El vigilante es una novela que deja al lector perplejo por su belleza y su complejidad, tejida sobre la base de un planteamiento radicalmente sencillo.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


07-09-2010 at 13:18 Deja un comentario

Sólo la muerte nos hace sentir vivos

De Nederlandse maagdDe Nederlandse maagd
(La virgen holandesa)
Marente de Moor
Editorial Querido ©2010

Gran parte de esta historia transcurre en una sala de esgrima. De la pared, cual espadas de Damocles, cuelgan dos “parisinas”. Su presencia constituye una amenaza permanente en la nueva novela de Marente de Moor, De Nederlandse maagd (La virgen holandesa), como el fusil de una obra de Chéjov que aparece en el primer acto y no dispara hasta el último.

Marente de Moor (1972) estudió lenguas eslavas, vivió un tiempo en San Petersburgo y es especialista en literatura rusa. Su debut (De overtreder, 2007) giraba en torno a los inmigrantes ilegales procedentes de Rusia llegados a Amsterdam tras la caída del muro de Berlín y tenía como tema central el alma de los rusos —según dicen ellos mismos distinta a la del resto de los seres humanos—. Un militar de rango medio, presa de la nostalgia por las emociones fuertes que proporcionaba la vida en su patria, se lanza por todo Holanda a la búsqueda de un soldado que desertó estando a su cargo.  Bajo este propósito se oculta en realidad la necesidad de buscarse a sí mismo. En concreto, al hombre de piel gruesa que fue en el pasado.

En La virgen holandesa, una esgrimista de dieciocho años, Janna, hace un viaje de Maastricht (Holanda) a Aquisgrán (Alemania) que cambiará su vida para siempre. Y no por la impresión que causa en ella la lectura de Guerra y paz, sino por los desbarajustes emocionales que sufre al enamorarse de un hombre que bien podría haber figurado en el clásico de Tolstói. Egon von Bötticher, un alemán veinticinco años mayor que Janna, participó en la Primera Guerra Mundial como húsar y volvió a casa mutilado. Ahora da clases de esgrima en su mansión de Aquisgrán y organiza duelos ilegales de Mensur en los que participan jóvenes miembros de las SS con el vago propósito de hacerse una cicatriz en la frente.

A ese mundo de hombres llega Janna, la virgen holandesa, para mejorar su técnica de esgrima. Durante la Primera Guerra Mundial, su padre, un médico de la Cruz Roja, salvó la vida del maestro de esgrima alemán llevándolo medio muerto a Holanda, territorio neutral durante la contienda. Janna descubrirá enseguida que el húsar mutilado no está precisamente agradecido a su padre. Entre los dos hombres, según se irá viendo, hay un gran secreto y muchas sombras. Janna intenta resolver el misterio, y en el proceso se deja la inocencia. Pero mucho más grave que perder la virginidad en la campiña alemana es el descubrimiento de que, en la jerigonza de los jovencitos alemanes, virginidad equivale a neutralidad, que para ellos viene a ser lo mismo que cobardía. Cuando hablan de “la virgen holandesa” no se refieren a Janna, sino a su pusilánime y apocada madre patria. Marente de Moor se vale aquí de un motivo, la mujer como figura alegórica y personificación de una ciudad o un país, cuyo origen se remonta a la Grecia clásica.

Janna idolatra a la campeona olímpica de esgrima Helene Mayer, una atleta que en principio no podía participar en los Juegos Olímpicos de 1936 por ser medio judía. Al final, Hitler la utilizó ante el Comité Olímpico Internacional como prueba de buena fe. Thomas Mann la instó a boicotear los Juegos, pero ella decidió participar, a pesar de tener que someterse a la humillación de hacer el preceptivo saludo hitleriano. Mayer figura en la novela a modo de ensoñación, como una sombra de Janna con la que ésta disputa su mejor combate de esgrima. No en vano, la esgrima es sobre todo, según le enseñará su maestro, una lucha con uno mismo.

Von Bötticher volvió de la guerra mutilado no sólo física, sino también mentalmente, aquejado de una neurosis que lo lleva a buscar el orden y la simetría en su entorno de forma permanente. No obstante, el tiempo le permitirá curar esta obsesión compulsiva. Además de Janna, también tiene como alumnos de esgrima a los hijos de su antigua amante, una pareja de gemelos a los que quiere convertir en los mejores esgrimistas que hayan pasado nunca por su escuela. «Dos luchadores idénticos pero entrenados de forma distinta. El contrincante se verá desconcertado y no sabrá a cuál de ellos se enfrenta.» A Janna le parece un plan absurdo. Los esgrimistas se baten con la cara protegida por una máscara y es imposible distinguir a uno de otro. Poco a poco, Von Bötticher parece darle la razón. Durante una discusión acerca de Hitler afirma lo siguiente: «Eso del nacionalsocialismo es un experimento sin ningún sentido, y no tardarán en darse cuenta. Es una locura aspirar a la uniformidad y la simetría, sin tener en cuenta las diferencias.»

Sin embargo, el antiguo húsar anhela el “orden” que establece la guerra, especialmente las emociones que desata: «La pasión por crecer, y si fuera necesario, morir. Porque sólo gracias a la muerte nos sentimos vivos.»

Hay muchos elementos de esta novela que recuerdan a El cuarto oscuro de Damocles de Willem Frederik Hermans: los dobles, la lucha del ser humano contra su propia sombra, la colaboración con los nazis y la constatación de que la realidad es insondable. Por lo demás, la amenazante atmósfera, los dilemas morales y la ebullición de pasiones mantienen la tensión hasta que cae la espada de Damocles para acabar con el elenco de sombras.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


06-09-2010 at 14:55 Deja un comentario

Cuando lo único que queda para comer son las uñas

Graan
Graan
(Cereales)
Ruben van Dijk
Editorial A.W. Bruna © 2010

Ruben van Dijk, seudónimo de Thomas van Slobbe, escribe thrillers en los que aborda cuestiones relacionadas con la ecología. La ola de calor vivida este verano en Rusia, y la consecuente pérdida de cosechas, han colocado de repente a su última novela, Graan (Cereales), en el epicentro de la actualidad.

Para experimentar en sus propias carnes el hambre que asola Europa en su segundo ecothriller, Ruben van Dijk ayunó durante diez días y hasta comió lombrices. En la novela, un relato apocalíptico en el que todos los ingredientes se han dosificado con gran destreza, un virus misterioso acaba con las reservas mundiales de cereales, lo cual provoca una subida desorbitada en los precios de los demás alimentos disponibles. Para sobrevivir, el hombre se ve abocado al consumo de ortigas, lombrices, palomas de ciudad y peces de aguas estancadas.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la situación actual no es tan acuciante como en el invierno de 2007, cuando los precios de los alimentos se dispararon y en muchos países se produjeron disturbios. Sin embargo, el libro de Ruben van Dijk, publicado a principios de 2010, muestra paralelismos muy interesantes con la actualidad informativa. El mes pasado, Rusia vetó la exportación de cereales cuando se supo que la mayor parte de sus cosechas se habían perdido como consecuencia de la pertinaz sequía, lo cual hace que la situación en Oriente Medio sea, cuando menos, preocupante. En Pakistán, después de las inundaciones, la escasez de alimentos para consumo de los animales se ha convertido en un problema que, a su vez, podría poner en peligro la disponibilidad de alimentos para el hombre. Todo ello ha provocado que el precio de los cereales se haya duplicado en pocos meses.

En Graan, historia que comienza el 13 de abril de 2012 con una entrevista en la sede de la CIA, el gobierno chino compra de un plumazo todas las reservas de soja de Argentina. En Europa, millones de cerdos se quedan de la noche a la mañana sin nada que comer, los mataderos no dan abasto con tanto marrano desahuciado y los cadáveres de los animales comienzan a apilarse en las calles. El pánico se apodera de los ciudadanos de todo el mundo, y aquellos que ostentan el poder se dejan seducir por la corrupción y la especulación.

Ruben van Dijk es un escritor metódico, con un afán de perfeccionismo que raya en lo obsesivo. Según cuenta, antes de sentarse ante el ordenador visita todos los escenarios y ambientes en los que se va a desarrollar la trama, y se mete en la piel de los personajes para decidir cuál será su reacción ante cada nuevo giro de la acción. No en vano, Van Dijk se declara admirador de Jim Jarmusch, un director de cine conocido por su habilidad para llevar al espectador de la mano de su personaje principal.

Los protagonistas de la novela son Peter Vink, un político con un gran sentido del pragmatismo, y Lara, una joven okupa con ciertos ideales anarquistas un tanto trasnochados. Estos dos polos opuestos terminan por encontrar puntos de interés común en la lucha por una mayor biodiversidad, el fomento de la agricultura local y los incentivos a los cultivos personales en la ciudad. Sin embargo, más que en la política agraria, el autor pone el acento en la importancia de aprender a valerse por uno mismo y en la necesidad de tener un grado alto de flexibilidad para adaptarse a circunstancias extremas, cualidades que el hombre moderno parece haber perdido. Todos confiamos a ciegas en el buen funcionamiento de nuestro sistema económico y social. Si hay algún problema de abastecimiento ya lo resolverán los supermercados, y si no, el gobierno. Nadie se siente responsable de nada, y nadie toma iniciativas personales para proveerse de alimentos. El caos podría desatarse en cualquier momento, parece decir Ruben van Dijk, justo ahora que hemos perdido nuestra capacidad para reaccionar ante las catástrofes.

En este sentido, Graan podría considerarse un thriller pospolítico. Después del fracaso de Copenhague, nadie quiere seguir dependiendo de lo que decidan los gobiernos en materia ecológica. Es hora de que cada uno tome las riendas de su vida y actúe de acuerdo con sus convicciones. Pero por suerte no estamos ante un panfleto ideológico, sino ante un auténtico libro de acción e intriga social con el que es difícil no morderse las uñas mientras se avanza hacia el desenlace.

El género del ecothriller, un fenómeno relativamente reciente, parece haber tomado alas desde la publicación de La carretera de Cormac McCarthy. Posteriormente llegaría El quinto día, de Frank Schätzing; y con Avatar, la última propuesta cinematográfica de James Cameron, el germen ha conseguido implantarse de forma definitiva en el gran público. Ahora tenemos Graan, otro hito en un camino por el que aún queda mucho por andar.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


05-09-2010 at 22:15 Deja un comentario

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01-09-2010 at 12:45 7 comentarios

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