La filosofía como venganza suprema contra la pequeña burguesía

28-08-2010 at 15:06 Deja un comentario

De laatste liefde van mijn moeder
De laatste liefde van mijn moeder
El último amor de mi madre
Dimitri Verhulst
Editorial Contact © 2010

Los habitantes de la nueva novela de Dimitri Verhulst no son dipsómanos como aquellos que tanto nos hicieron reír (y llorar) en La lamentabilidad de las cosas. En De laatste liefde van mijn moeder (El último amor de mi madre), el ya consagrado autor flamenco retrata a una madre adicta al chocolate y a su nueva pareja, un hombre cuya máxima aspiración en la vida parece ser guardar las apariencias para ser aceptado como miembro de pleno derecho en la creciente clase media belga de los años ochenta. Con este relato, Verhulst completa la revisión de su juventud en clave de ficción.

En esta ocasión, la dramática infancia del autor no se nos muestra a través de los ojos del protagonista, un niño de once años, sino que es una voz omnisciente la encargada de narrar los acontecimientos. Una voz que describe a la madre como una mujer ignorante y obesa de unos treinta años que se acaba de separar del padre de su hijo Jimmy, un alcohólico con continuos arrebatos de violencia. Martina, así se llama la madre, trabaja en una fábrica forrando sillines para motocicletas, y pasa el resto del tiempo englutiendo calorías y anestesiando sus neuronas con series de televisión americanas.

Sin embargo, por muy tonta que parezca, Martina es capaz de pensar por sí misma y está dispuesta a hacer lo que sea necesario para convertir su vida en un mundo de ficción creado a su medida. Así, hacia el comienzo del libro se pregunta: “¿Cuánto tiempo ha de pasar un hecho verídico en el sótano antes de convertirse en ficción?”.

Junto a su nuevo amante, Martina quiere formar una familia modélica, para lo cual, tanto ella como su hijo Jimmy deberán adoptar una identidad ficticia. Su novio, un obrero de una fábrica de Volkswagen de veintisiete años, interpretará el papel de progenitor de Jimmy, como primer y único amor de Martina. Y si el niño no quiere participar en la telenovela ideada por su madre, se lo elimina del guión y asunto arreglado.

Es posible que la pregunta que se hace Martina sobre los hechos verídicos que con el paso del tiempo se pueden convertir en ficción sea una herramienta del autor para subrayar que esta historia no se puede tomar de forma literal. De esta forma, el autor se cubriría las espaldas ante una posible denuncia por difamación. En su debut, De kamer hiernaast (1999), Verhulst describía a su madre como una mujer gorda y perversa, motivo suficiente para ella para llevar a su propio hijo ante el juez.

Algo similar ocurrió cuando, una vez finalizado el rodaje de la versión cinematográfica de La lamentabilidad de las cosas (2006), sus tíos manifestaron públicamente su cólera por la insultante imagen que Verhulst transmitía de ellos. Éste, ahora, quiere dejar claro de antemano que los hechos descritos en sus novelas, independientemente del tiempo que lleven en el “sótano”, son ficción por definición.

Cronológicamente, este nuevo capítulo de la supuesta autobiografía de Verhulst se desarrolla antes de La lamentabilidad de las cosas. De laatste liefde van mijn moeder narra el episodio que terminará con el niño en la calle. A continuación, en La lamentabilidad de las cosas, el chaval busca cobijo en casa de su abuela, junto al borracho de su padre y los calaveras de sus tíos.

En el libro que nos ocupa los protagonistas, en vez de castigarse el hígado, se esmeran por crear en torno a ellos una apariencia de normalidad pequeñoburguesa para ser asimilados en la clase media, actitud vulgar con la que Verhulst —evidentemente— no siente ninguna afinidad. Los hechos transcurren a principios de los años ochenta, un momento histórico en el que determinados tópicos tienen plena vigencia: todas las mujeres separadas son putas, el hombre es el cabeza de familia y el encargado de llevar el pan a casa y los obreros son iletrados afectados de estupidez congénita que sólo tienen una semana de vacaciones y cuyo ideal del lujo consiste en embarcarse en un viaje organizado en autobús con destino a la Selva Negra (Alemania).

Más de dos tercios de la novela están dedicados a ese viaje. Antes de partir, el nuevo amante de Martina le pide a Jimmy —o mejor dicho, le exige— que se dirija a él como “papá”, de forma que “la gente” piense que son una familia normal.

Para Martina, el cambio de pareja ha sido como ascender a los cielos desde su calvario en el infierno. Y en su opinión, Jimmy también ha salido ganando: ahora, por ejemplo, ya no tiene que presenciar los vejatorios asaltos sexuales que sufría ella cuando el padre del chico volvía a casa con su habitual cogorza; ni tiene por qué ver a su madre recogiendo los orines y excrementos del padre (todos los alcohólicos alcanzan un punto en el que se les empiezan a aflojar los esfínteres); o cómo ella, desesperada, acaba buscando algo de cariño fuera de casa y se acuesta con cinco hombres distintos, con el corazón encogido por el sentido de culpa que le causa pensar que su hijo está creciendo al amparo de un borracho y una puta.

Sin embargo, Martina volverá a hacer daño a su hijo al mostrar los primeros síntomas de un nuevo embarazo durante el viaje que constituye el núcleo de la novela. Hay un hermano en camino, un hijo “de verdad” de la nueva familia, situación que acentúa el papel de Jimmy como elemento no deseado en el cuadro.

Verhulst describe de forma magistral la claustrofóbica hipocresía de ese mundillo burgués que representa el ideal para Martina y su nuevo novio. El chico se propone huir de esa cárcel para el espíritu convirtiéndose en filósofo, la venganza suprema contra el egoísmo y la ignorancia de su madre y el hombre al que ama.

Para cerrar el círculo, la novela termina con una segunda parte muy breve en la que Jimmy, un reconocido filósofo de noventa y un años, recibe la visita de su medio hermano, el hijo de su madre al que nunca conoció. Es posible que dicho encuentro se produzca sólo en la imaginación del anciano filósofo. Pero eso es lo de menos. La venganza ya se consumó hace tiempo.

Gonzalo Fernández
www.gonzalofernandez.es


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