Archive for enero, 2007

La traducción literaria como un coste industrial más

Acompañando al artículo que publicó ayer El País y que yo transcribí aquí, había una columna muy interesante de Enrique Murillo, un ex-traductor metido a editor. A continuación la transcripción íntegra del texto.

OTRO COSTE INDUSTRIAL

Enrique Murillo (Artículo aparecido en El País el 6 de enero de 2007)

Traducir en España es morir porque en las cuentas de muchas editoriales la traducción forma parte del coste industrial, como el papel o la tinta. Tal es la consideración que el difícil arte de la traducción merece a muchos de mis colegas editores. Yo colgué los bártulos de traductor hace 18 años, y como editor que he sido desde entonces jamás me he arrepentido de haber defendido los derechos de los traductores en mi último año de aquella profesión.

En el 87, a Manuel Serrat y a mí, miembros de la Colegial de Escritores y Traductores, nos dio la vena sindicalista y, aprovechando que la recién aprobada LPI hablaba del traductor como autor de su traducción, nos pusimos a negociar con los editores. Acordamos que habría contrato para cada traducción. Y se pactó una mejora del tanto alzado que el traductor cobraba por holandesa. Pero, sobre todo, logramos establecer que esa cantidad fuese considerada en el contrato como anticipo a cuenta de los derechos de autor generados por la traducción. Cuando el libro traducido alcanzara cifras de venta elevadas, el canon (que pactamos en torno al uno o uno y medio por ciento) terminaría generando en alguna ocasión unos devengos que compensarían la insuficiente tarifa por página.

La primera jugarreta de los editores fue rebajar el canon a cifras vejatorias, y eso alcanza cosas como el 0,05%, que constituye un verdadero fraude de ley. La segunda, negarse a considerar la posible retroactividad de la aplicación de la ley. Antes del 87, el traductor no firmaba nunca contrato por sus traducciones, y así, además de cobrar como ahora un tanto alzado irrisorio, perdía todo derecho sobre su trabajo. Hoy en día los editores siguen mayoritariamente vendiendo esas traducciones para colecciones de bolsillo, ediciones club o de quiosco, etcétera, obteniendo un beneficio limpio sobre inversiones amortizadas hace 20 y más años, de las que el traductor no tiene no ya participación económica sino ni siquiera notificación.

La última mala pasada que los editores les han hecho a los traductores ha sido la aplicación de sistemas digitales para contar palabras. Al parecer, los editores ignoraban que la unidad de traducción literaria es la frase, que hay frases que lleva un día entero traducir, sobre todo si son de Coetzee o Nabokov.

Enrique Murillo fue traductor desde 1976 hasta 1988.

Esta columna apareció originalmente en El País el 6 de enero de 2007.

07-01-2007 at 23:58

La realidad de la traducción literaria en España

Lo que viene a continuación es la transcripción íntegra de un artículo publicado hoy (6 de enero, 2007) en El País. No tiene desperdicio. Lo peor es que leyendo estas cosas se le quitan a uno las ganas de escribir traducciones… En fin. Allá va:

TRADUCCIONES CRECIENTES, DINERO MENGUANTE

La situación de los traductores empeora por las subastas y el nuevo sistema para valorar su trabajo. Virginia Collera, Madrid (El País, 06-01-2007)

Traduttore, traditore es quizás la más famosa de las sentencias sobre los traductores. La traición del traductor es metafórica: traiciona a las lenguas porque es imposible trazar una equivalencia perfecta entre ellas, y también traiciona al autor del texto que traduce y al que debe ser fiel (y, estrictamente, casi nunca lo es). Y, tal como están las cosas, habrá que acuñar una nueva máxima: Editore, traditore –ésta sin metáforas– para describir la situación de la traducción literaria en España.

Desde 1987 la Ley de Propiedad Intelectual protege los derechos de los profesionales de la traducción literaria: tras una ardua negociación la ley reconoció la autoría de los traductores y estableció unos contratos marco pensados para regular las relaciones entre traductores y editores. “Todavía hoy, casi 20 años después, parece que hay editores que desconocen la LPI, los contratos se incumplen sistemáticamente, o al menos, se intentan incumplir”, explica Manuel Serrat Crespo, veterano traductor y partícipe de las negociaciones con el gremio de los editores.

El incumplimiento de contratos y el impago de los derechos de autor son traiciones de siempre. “Yo no cobro los derechos de autor de ninguno de los libros que he traducido”, asegura Encarna Castejón, que ha traducido a George Steiner, Émile Zola o Michel Houellebecq. Las razones de este impago pueden ser diversas: los libros que ha traducido podrían no haber generado derechos de autor –normalmente deben superar los 20.000 ejemplares para que el traductor pueda empezar a cobrar– y, si lo hubieran hecho, ni la editorial ha dicho esta boca es mía ni la traductora ha luchado por lo que legítimamente le corresponde.

Y con el tiempo, las editoriales han pergeñado nuevas traiciones: la mayoría de las editoriales no han revisado sus tarifas desde hace más de 10 años. En realidad, eso no es del todo cierto, algunas sí, pero sólo para menguarlas. “Algunas editoriales llegan a ofrecer entre cuatro y seis euros brutos por página”, denuncia María Teresa Gallego, presidenta de la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España (Acett). Los traductores con cierta experiencia no aceptan esas tarifas irrisorias, pero quienes se toman la traducción como mera afición o quienes están empezando no suelen pelear demasiado por unas tarifas dignas. “Por eso cada vez hacemos más cursillos y mesas redondas, porque sabemos que les van a putear”, asegura Gallego.

En este afán editorial por encoger las tarifas ha aparecido una nueva modalidad: las subastas a la baja. “Ofrecen un libro a varios traductores y el que acepte la tarifa más baja, se queda con el trabajo”, explica Carmen Francí, secretaria general de Acett. En la lista negra de esta asociación se encuentran editoriales como Planeta, Random House Mondadori, Gredos, Urano…

Completa el par de traiciones novedosas el nuevo sistema de facturación que han adoptado algunas editoriales. “Antes nos pagaban por página, porque escribíamos a máquina. Cada folio tiene 30 líneas y 70 espacios y nos pagaban lo mismo independientemente de que esas 30 líneas y 70 espacios estuvieran llenos o no (no los llenarían, por ejemplo, los diálogos ni los versos). Con ese sistema, editor y traductor daban por supuesto un equilibrio. Sin embargo, hace tiempo, un genio editorial vio que si contaba las páginas y luego sus caracteres y los dividía entre 2100 (que son los caracteres que hay en una plantilla de 30 líneas x 70 espacios), ya no tenía que pagar al traductor esos espacios en blanco. Seguía respetando los espacios entre palabra pero, a la hora de pagar, ya no existían puntos y aparte, y todo el texto iba corrido, como si fuera una especie de salchicha de texto”, explica Carlos Milla quien, junto a Marta Pino, ha elaborado un estudio sobre este nuevo sistema de cómputo, que reduce, aproximadamente, un 20% los ingresos de los traductores.

Lamentablemente, aseguran los traductores consultados, la situación seguirá así, mejorando o empeorando lentamente, hasta que llegue el gran día. “Hasta que no podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan a las ventas, a las editoriales les importará un comino”, asegura Serrat. En España, dicen, no existe ni se vislumbra que vaya a surgir pronto una cultura de la traducción: “Que un señor o señora vaya a la librería y digan ‘¿Quién ha traducido este libro?'”, añade.

Carmen Francí está de acuerdo con el argumento pero, en su opinión, se queda corto. “Como actividad de aficionado la traducción literaria tiene cierto sentido, quizás también lo tendría en una industria pequeña de lenguas minoritarias, pero cuando la industria española es la cuarta en el mundo en número de títulos y su cifra de mercado es importante, es demencial”.

Serrat y Francí coinciden en que ahora existe una nueva generación de editores. “El problema está en los tiburones editoriales que trabajan con criterios de rentabilidad a costa del más débil: el traductor, el corrector, los colaboradores externos. Son fabricantes de libros y no editores”, dice Francí. “Los viejos editores están desapareciendo y como te encuentres con un jovencito recién salido de la escuela de gestión empresarial no hay manera de hacerle entender que por Verlaine, Apollinaire o Baudelaire no pueden llegar a pagar lo mismo que por traducir un libro de autoayuda”, señala Serrat. Y Francí recuerda otra máxima –de Celia Filipetto, también traductora, y veterana–: “No se pueden comprar armanis a precios de Zara”.

Virginia Collera, Madrid (El País, 06-01-2007)

06-01-2007 at 23:17 1 comentario


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