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Los retos de la traducción literaria en España

“La traducción es una labor invisible (…) gracias a los traductores y, paradójicamente, también a su pesar.” Así comienza un artículo aparecido en El País (Babelia) el 28 de octubre de 2006. Efectivamente, las traducciones deberían ser invisibles, porque “una buena traducción hace tan poco ruido como un motor bien engrasado”. Desgraciadamente, casi nunca es ese el caso. A menudo se escuchan tales chirridos en el motor de la traducción que uno hubiera preferido ir en bicicleta. Chirridos como, por ejemplo, traducir la palabra “football” como “rugby” en una novel americana, a pesar de tratarse de dos deportes completamente distintos entre sí y al mismo tiempo diferentes a lo que nosotros llamamos “fútbol”.

En España, del mismo modo que quien tiene instalado Photoshop en su ordenador se autodenomina diseñador, existe una larga tradición de llamar traductor a quien por algún motivo circunstancial conoce algunas palabras de un idioma extraño. Así, en los años del franquismo no era raro que los niños de la guerra emigrados a la Unión Soviética tradujeran, una vez adultos, a Tolstoi o Dostoievski, aunque no hubieran cogido un libro antes en su vida, por no hablar de una obra literaria. El resultado de aquellos trabajos era, en el mejor de los casos, catastrófico.

En definitiva, lo que pretendo decir es que en España no hay ningún respeto por la labor del traductor. Una traducción es algo que puede hacer cualquiera, preferiblemente el que menos cobre entre todas las personas supuestamente capacitadas para hacer el trabajo. “Toda una paradoja si se tiene en cuenta que las traducciones suponen el 40% de la producción editorial española”, dice El País. Afortunadamente las cosas han cambiado un poco desde 1987, momento en el cual se comienza a reconocer el derecho del traductor a la propiedad intelectual sobre su trabajo. O dicho de una forma más clara: su derecho a cobrar royalties. Según Mario Merlino, traductor de autores como Clarice Lispector y António Lobo Antunes y presidente de ACEtt, ya “pasaron los tiempos en que una editorial compraba una traducción y disponía de ella indefinidamente y a su antojo”. Y añade, citando a Esther Benítez, cofundadora de ACEtt, “que traducir no es una afición para los ratos perdidos sino un trabajo. Hay que luchar por unas condiciones laborales dignas”.

La mayoría de las personas que encuentran este blog a través de Google llegan aquí en busca de tarifas de traducción. Probablemente sean traductores novatos que quieren saber cuánto deben cobrar, o bien empresas que desean cotejar un presupuesto que han recibido. A lo mejor piensan que van a encontrar en algún sitio de Internet un listado de precios para traducciones como si fueran lavadoras automáticas. ¿Pero entonces, cuánto cobra un traductor? El coste de una traducción depende fundamentalmente de dos parámetros: características del texto y tiempo disponible. Pero cada traductor negocia con el editor sus condiciones particulares. ACEtt ofrece a modo de referencia unas tarifas recomendadas, que pueden ser por página o por palabra. Yo prefiero cobrar por palabra porque la “página” como unidad de medida es un parámetro antiguo basado en un tipo determinado de maqueta con un número concreto de caracteres. Hoy en día, con la diversidad de formatos que puede adoptar un texto, no tiene mucho sentido en mi opinión. En cualquier caso, al igual que sucede con todos los productos de una economía de mercado, los precios se organizan menos por grado de dificultad que en virtud de la oferta y la demanda. Poca gente traduce del chino o del japonés y por eso se paga mejor. En España, por ejemplo, sólo hay dos personas que traduzcan del turco. ¡Dos personas!

En España prácticamente nadie vive de la traducción. Todos los que se dedican a ella son además profesores, editores, funcionarios, intérpretes o cualquier otra cosa. En Holanda sí he conocido a unos cuantos traductores literarios profesionales. Es decir, traductores que viven exclusivamente de sus ingresos como traductores de libros de ficción. Pero claro, la industria editorial española está a años luz del resto de Europa. En España es habitual que editoriales de prestigio publiquen traducciones indirectas. Es el caso, por ejemplo, de Gao Xingjian, Nobel chino en 2000 al que Ediciones del Bronce prefirió traducir del francés para aprovechar rápidamente el tirón del premio. Lo que no entiendo es cómo no se les cae la cara de vergüenza. También fue el caso de la japonesa Murasaki Shikibu, una clásica de finales del siglo X cuyas historias de Genji se conocieron hace poco a través de Destino y Atalanta. En ambos casos las traducciones se hicieron a partir del inglés. Impresentable. Y que alguien me corrija si me equivoco, pero hasta que Galaxia Gutemberg comenzó a publicar sus obras completas en 1999, Kafka nunca había sido traducido en España utilizando como fuente el texto original. En cuanto al holandés, el año pasado Ediciones Temas de Hoy no tuvo ningún reparo en publicar La estrategia de la rata, de Joep Schrijvers, traduciendo del inglés y no del original. Total, qué más da, ¿verdad?. Además, traducir del inglés es más barato y lo puede hacer mi sobrino, que estuvo el verano pasado dos semanas en Londres.

Continuará…

 

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06-12-2006 at 23:03 1 comentario


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